Elpis Israel - La Esperanza de Israel - Segunda Parte - Capítulo 2

 

  

SE PREDICA EL EVANGELIO A ABRAHAM:

 SU FE Y OBRAS

 

Cinco puntos de testimonio profético – Los elementos generales de un reino están incorporados en el reino de Cristo -- La promesa que Dios hizo a los padres, la esperanza de Israel, y el evangelio, son lo mismo -- Quienes son los padres -- Abraham, originalmente de Babel, e idólatra -- El Señor le predica el evangelio en Mesopotamia -- Él lo cree, y, en consecuencia, emigra en dirección oeste -- Se convierte en un peregrino en la tierra de Canaán, la que le fue prometida a él y a Cristo para siempre -- Su fe le fue contada por justicia -- La promesa de una resurrección a vida eterna -- Confirmación del pacto de la promesa -- La extensión de la tierra está definida en el legado -- La reaparición de Cristo es necesaria por la naturaleza de las cosas --  Se explican las frases "en ti", "en él", y "en tu simiente" -- Las naciones no son el pueblo de Dios, en ningún sentido --  Abraham, Cristo, y los santos, son los "herederos del mundo" -- La señal del pacto -- El significado de la circuncisión -- El moderno Israel bajo la maldición de la ley -- Circuncisión del corazón -- La alegoría -- Las dos simientes -- Parábola de la simiente -- Resumen de la fe de Abraham.

 

En el libro del profeta Miqueas está escrito que “y él juzgará entre muchos pueblos y reprenderá a naciones poderosas hasta muy lejos [desde Jerusalén]” y, como resultado de esto, “forjarán sus espadas  en rejas de arado y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación ni se adiestrarán más para la guerra. Y se sentará cada uno debajo de su vid y debajo de su higuera, y no habrá quien los amedrente”. Y “en aquel día, dice Yahvéh, juntaré a” Israel, y los haré una “NACIÓN ROBUSTA, y Yahvéh reinará sobre ellos en el monte Sión DESDE AHORA y para siempre”. Y “tú, oh… Sión, hasta ti vendrá el PRIMER SEÑORÍO; el reino vendrá a la hija de Jerusalén” (Miq. 4:3-8). Y el Juez que será gobernante en  Israel; y sus orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad, “y él se levantará y apacentará con el poder de Yahvéh, con la grandeza del nombre de Yahvéh su Dios; y permanecerán, porque entonces él será engrandecido hasta los confines de la tierra. Y ese hombre [el Señor Jesucristo] será la paz cuando el asirio [el ruso-asirio] venga a nuestra tierra [Israel]”.  Y “devastarán la tierra de Asiria a espada, y la tierra de Nimrod en sus entradas; y [el Juez de Israel] nos librará del asirio [Gog] cuando venga a nuestra tierra”. “Y el remanente de Jacob será en medio de muchos pueblos como el rocío que viene de Yahvéh, como las lluvias sobre la hierba, las cuales no esperan al hombre ni aguardan a los hijos de los hombres. Asimismo, el remanente de Jacob será entre las naciones, en medio de muchos pueblos, como el león entre las bestias del bosque, como el cachorro del león entre los rebaños de las ovejas, el cual si pasa, pisotea y despedaza, no hay quien escape. Tu mano se alzará sobre tus enemigos, y todos tus adversarios serán talados”. “Y con ira y con furor haré venganza en las naciones que no escucharon” (Miq. 5:1, 2, 4-9, 15).

 

En este pasaje, que es sólo una muestra del tenor general de la ley y del testimonio, se nos informa lo siguiente:

 

1. Que las naciones han de ser subyugadas, y que en consecuencia prevalecerá la paz universal;

2. Que cuando ocurra esto, los israelitas serán una nación fuerte;

3. Que ellos constituirán UN REINO;

4. Que el Juez de Israel, tratado anteriormente de manera indigna, será su Rey;

5. Que Jerusalén será la metrópolis, y el monte Sión el trono del reino.

 

Tal es el propósito revelado del Altísimo. Pero una consumación como ésta requiere preparación; y ésta será también muy larga. Especialmente, cuando se ha de desarrollar en base a ciertos principios morales así como políticos. Cuando venga el tiempo en que se ha de poseer el reino, se dirá a sus herederos: “Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo”. Por esto, parece que la obra de preparar el reino se extiende desde la fundación del mundo hasta la resurrección de los muertos. En todo este tiempo el reino está siendo preparado; pero cuando descienda el Rey y reprenda a las naciones, y sea asolada la tierra de Nimrod a espada, y haga de Israel una nación fuerte, entonces se dirá que el reino está preparado.

 

Probablemente, el lector se preguntará: ‘¿En qué consiste esta obra de preparación que deba ocupar un tiempo tan extenso?’ Ésta es una pregunta importante y, en respuesta, yo menciono que si sólo se empleara la fuerza física para preparar el reino, no sería necesaria tanta demora. Un reino se puede instalar en pocos días y ser abolido tan rápidamente como lo hemos presenciado en nuestra propia época. Pero con el reino de Dios no es así. Lo físico está subordinado a lo intelectual y a lo moral; y como los hombres, en medio de los cuales se está preparando, son tan terrenales y sensuales, el desarrollo mental es mucho más lento que el físico; y por lo tanto, un reino fundado sobre principios morales requiere más tiempo para prepararse, pero es más duradero cuando se ha completado. En las páginas siguientes mi esfuerzo se enfocará en establecer una respuesta detallada a la pregunta.

 

Un reino es el dominio de un rey. Un imperio también es el dominio de un rey, pero con esta diferencia: el reino propiamente tal, o “el primer dominio”, está restringido a un territorio constituido monárquicamente; mientras que el imperio, o dominio secundario, aunque pertenece al mismo rey, se extiende hacia otros pueblos, multitudes, naciones y lenguas, a diferencia de aquellos del dominio monárquico. Esto está ilustrado en el caso de los reinos y del imperio británico. Los reinos están restringidos a Inglaterra y a Escocia, los cuales son por constitución territorios monárquicos, pero el imperio es un dominio secundario de las mismas coronas unidas que se extiende a Canadá, Indostán, y otras partes del globo, con todas las naciones, idiomas y pueblos que contienen.

 

Hay diversos elementos necesarios para la constitución de un reino bien organizado. En primer lugar, un reino debe tener un territorio. Esto sólo es decir, en otros términos, que algo debe haber en alguna parte. Afirmar lo contrario sería sostener que no hay algo en parte alguna. Un reino no está localizado en los sentimientos o en el corazón; aunque una creencia en su existencia futura, un entendimiento de su naturaleza, o una aproximación a ello, pueden existir allí. Debe tener un lugar, una localización, así como un nombre.

 

Sería muy absurdo decir que el reino de Inglaterra y el trono de su soberano están en España. Sin embargo, esto sería tan razonable como decir que el reino y el trono de David más allá del firmamento; un dogma tradicional contenido en la ficción de que Jesús está sentado ahora en el trono de su padre David. ¡No hay presunción más ridícula que ésta para que la promulguen los inventores de credos y los sistematizadores!

 

Además de un territorio, un reino debe tener súbditos, que componen la nación sobre los cuales está el rey. Pero simplemente instalar un hombre y llamarlo “rey” sería imprudente. Estaría en consonancia sólo con el barbarismo de tribus salvajes. Una monarquía bien regulada requiere graduación de rangos y órdenes de los mejores hombres con los cuales el rey puede compartir su poder y gloria, y administrar las leyes del reino. Estas leyes deberían ser en conformidad con las disposiciones y espíritu de la constitución; la que define los principios, y crea y combina los elementos del Estado.

 

Ahora bien, es digno de destacar que los súbditos de un reino no poseen el reino. Ellos son simplemente los habitantes del territorio, a los cuales se les defiende de agresiones externas y se les protege como civiles por medio del poder y las leyes del Estado. Los poseedores del reino son el rey y aquellos con los cuales él se complace en compartir su autoridad. Ésta es una distinción importante y no se debe olvidar al estudiar “los elementos del reino de Dios”. Los súbditos del reino y del imperio son una clase totalmente diferente de los herederos, o poseedores, del dominio.

 

Entonces, en este breve panorama acerca de la naturaleza y constitución de un reino, se puede establecer que sus elementos consisten en:

 

1. Un territorio;

2. Súbditos;

3. Un rey:

4. Una constitución;

5. Leyes civiles y eclesiásticas;

6. Aristocracia;

7. Atributos, o prerrogativas, derechos, privilegios, etc.

 

Ahora bien, “el reino de Dios y de su Cristo” consistirá en todos estos elementos; y será tan material como institución; una monarquía tan real y terrenal como la de Gran Bretaña. En el presente no es una realidad existente; porque, aunque en otro tiempo existió una constitución, que ha envejecido y desvanecido, sus elementos se han disuelto desde su combinación anterior, y están dispersos. Sin embargo, su restauración es un asunto de promesa, atestiguado por dos elementos inmutables: la promesa y el juramento del Dios viviente. Su reino e imperio en la tierra son una verdad grandiosa, pero no es un hecho existente; son visibles sólo para los ojos de la fe, y su fundador requiere que sean recibidos con “plena seguridad en la esperanza” con regocijo y confianza hasta el final (Heb. 3:6, 14; 4:11; 10:38, 39).

 

Al estudiar los elementos del reino de Dios, los cimientos establecidos en el principio no deben ser olvidados; porque en esa época comenzó su preparación. El sistema del mundo es una adaptación al hombre en su estado caído; y de las cosas así dispuestas está desarrollándose el dominio imperial de Cristo. Por medio de la ley de procreación se ha proveído una población que por la confusión de lenguas ha sido distribuida en naciones, cuyas moradas han sido establecidas por el poder controlador de los Elohim. De este modo se han formado las naciones que están destinadas a prosperar en la gloria de la Edad Futura. Su historia consigna las encarnizadas guerras por las que han tenido que pasar sus generaciones. En su mayor parte, los hombres no ven en ellas nada más que una disputa por territorio y por gloria para el beneficio de sus gobernantes; pero las Escrituras revelan el trabajo de una maquinaria invisible, cuya actividad la percibe el creyente en los incidentes que ocasionan los conflictos entre ellos. Él discierne la levadura oculta en las tres medidas de comida que se desarrolla fermentando la mente de los hombres y fomentando la “enemistad” entre las simientes. Y aunque la disputa es terrible, él no siente consternación, sino que se regocija con firma e inquebrantable confianza en la certeza del triunfo de la verdad y sus elementos conexos.; porque Dios le ha asegurado al creyente en su palabra que el Rey que él ha provisto aplastaré al poder del pecado, y hará que las naciones laman  el polvo como una serpiente (Miq. 7:17). Pues bien, esto implica la subyugación de ellas; y es a esta crisis que tienden todas las cosas en el presente. ¿Y qué viene después? Obviamente, la transferencia de lo conquistado al cetro del Rey de Jehová, el cual los vence (Apoc. 17:14); como está escrito: “Las islas esperarán su ley” (Isaías 42:4); y “reinará sobre ellos” (Rom. 15:12). Entonces, las naciones son los súbditos del imperio teocrático. Pero la verdad y juicios de Dios caerán sobre ellos, incitando y controlando su actividad, ellos serán moldeados como arcilla en las manos del alfarero para el dominio de los santos en la Era Futura.

 

La esperanza en estas cosas, cuyas semillas fueron sembradas en la constitución del mundo desde el principio, era la esperanza del evangelio, en aquel tiempo en su enunciación más general. Los súbditos y el territorio del imperio, y sus gobernantes, fueron elegidos claramente. La tierra, y la conquistada simiente de la serpiente, obedientes a la victoriosa simiente de la mujer, era el evangelio del reino en su forma más simple. Sin embargo, no se indicó ninguna porción en particular del globo como el territorio de un reino. El Espíritu empezó con puntos generales, pero a medida que el mundo se hacía mayor, los detalles de la promesa se dieron a conocer al ojo de la fe. Pero nunca, desde la fundación del mundo hasta el sellamiento del testimonio de Dios, se prometió semejante reino, o dominio, como aquel en que se creía y se glorificaba en la “sagrada” salmodia de los gentiles. La tierra, y no el cielo, es la única región donde se establecerá. Mostraré esto abundantemente; y de esta manera demostraré que los que cantan  semejantes cantinelas como por ejemplo la que va a continuación, cantan lo que nunca fue, ni es, ni jamás será:

 

“Contigo reinaremos, contigo subiremos,

Y ganaremos reinos más allá de los cielos”.

 

“Conforme a vuestra fe os sea hecho”. Éste es el primer  principio de la religión entregado por el Gran Maestro mismo. Es justo y razonable que sea así. Nadie puede culpar  Dios por no otorgarles lo que ellos no creen; y que, por consiguiente, no quieren ni buscan. Ésta es precisamente la posición de la presente generación de religionarios en relación con el reino de Dios. Ellos tienen fe en una clase de reino que él no ha prometido; pero en el reino que él ha prometido, ellos no creen. De ahí que ellos creen en una nulidad, y, al creer en lo que no existe, no obtendrán nada  más que confusión mental. Pero nos proponemos mostrarles un camino más excelente; y al hacerlo, pedimos su atención a

 

“LA PROMESA QUE HIZO DIOS A NUESTROS PADRES”

“La Esperanza de Israel”

 

     Supongo que no hay nadie que lea las Escrituras y no admita que Pablo fue perseguido, encarcelado, azotado, acusado públicamente y esposado por haber predicado el evangelio del reino en el nombre de Jesús. Esto es admitido por todos. No importa, entonces, de qué manera expresa la causa de sus tribulaciones, todo se reducirá a esta declaración, a saber: “Por el evangelio se me pone en tela de juicio, y soy juzgado y atado con estas cadenas”.

 

Pero dejaremos que el apóstol presente su caso con sus propias palabras. Cuando él se presentó ante Ananías, el sumo sacerdote, y el concilio de los judíos, exclamó: “Acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos (nekrwn) se me juzga” (Hechos 23:6). Pero aquí podemos preguntarnos: ‘¿Respecto a qué esperanza era el asunto entre el apóstol y sus perseguidores?’ Él nos dice en su defensa ante Agripa: “Por la esperanza de la promesa que hizo Dios a nuestros padres, soy llamado a juicio, ésta es la promesa que esperan alcanzar nuestras doce tribus, sirviendo fervientemente a Dios de día y de noche. Por esta esperanza, oh rey Agripa, soy acusado por los judíos (Hechos 26:6-7). Pues bien, por esta declaración, parece:

 

1. Que Dios había hecho cierta promesa a los padres de Israel.

2. Que esta promesa llegó a ser la esperanza de la nación, y, por lo tanto, era un

     asunto nacional.

3. Que esta promesa, que había sido la esperanza de las doce tribus en todas sus  generaciones, era la base de su adoración; y que ellos esperaban alcanzarla por medio de la resurrección de los muertos.

 

Pero tenemos una declaración aún más clara, si es posible, acerca de la

identidad de esta esperanza nacional por la cual los apóstoles sufrieron tanto. El Señor Jesús se le había aparecido después de ser acusado ante Ananías, y le dijo: “Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma”.  Cuando llegó a esta ciudad, llamó a los principales judíos y les dijo que él no tenía de qué acusar a su nación; pero que los había llamado para informarles en qué consistía el asunto. Entonces les dijo cómo era que ellos lo encuentran atado con grilletes bajo la custodia de un soldado romano: “por LA ESPERANZA DE ISRAEL estoy sujeto con esta cadena” (Hechos 28:26). Esto es concluyente. La esperanza en la promesa hecha a los padres era y, en verdad, es hasta el día de hoy, la Esperanza de Israel; y por predicar esta esperanza e invitar a los gentiles a que participaran en ella, sin otra circuncisión que la del corazón, fue denunciado como una plaga que no merecía vivir (Hechos 24:5-6; 22:21-22).

Pero, ¿qué era la esperanza de Israel? La respuesta a esta pregunta es fácil. Habiendo familiarizado a los principales judíos en Roma con la causa de que él haya apelado a César, ellos le expresaron que les gustaría que él les dijera lo que pensaba del asunto de la esperanza nacional, por la cual tan enérgicamente contendían los nazarenos. Sin embargo, como no era conveniente en ese momento, ellos designaron una fecha futura cuando lo visitarían para oír lo que él tenía que decir sobre el asunto.  Por consiguiente, en la fecha concordada, fueron al alojamiento de Pablo y él procedió a expresarles lo que pensaba sobre el asunto de la esperanza de Israel. Pero lo mejor que puedo hacer es decir lo que él hizo recurriendo a las palabras de Lucas, quien dijo que Pablo “les declaraba y testificaba el reino de Dios, persuadiéndolos acerca de Jesús, tanto por la ley de Moisés como por los profetas, desde la mañana hasta la noche” (Hechos 28:23).

 

Pues bien, ¿quién podría ser tan falto de visión para no percibir que la temática de la esperanza de Israel es el reino de Dios? Y obsérvese que al exponer sus pensamientos acerca de la esperanza nacional, la persuasión del apóstol giró sobre cosas referentes a Jesús. El reino de Dios y Jesús eran los temas del testimonio de Pablo, cuando predicaba  “la esperanza de Israel”, o, “la esperanza de la promesa que hizo Dios a los padres”. Habiendo empezado su testimonio con los principales judíos, algunos de los cuales lo recibieron, él continuó publicándolo durante dos años a todos los que lo visitaban en la casa que había arrendado, “predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo con toda libertad y sin impedimento” (Hechos 28:30-31).  De esta manera, dio testimonio de Jesús en Roma como lo había hecho anteriormente en Jerusalén.

 

Pero, uno podría preguntarse, si la esperanza que predicaba el apóstol y la esperanza de las doce tribus eran la misma esperanza, ¿por qué lo perseguían los judíos? La respuesta es porque Pablo y el resto de los apóstoles testificaban que Jesús al cual ellos habían crucificado era el rey que Dios había ungido para que fuera el Juez de Israel en el reino de Dios, del cual ellos eran los ciudadanos naturales. Ellos habían sido constituidos “un reino de sacerdotes y un pueblo santo” por el pacto del Sinaí, y en esa ocasión habían aceptado  a Yahvéh como su rey. Por lo tanto, ellos eran el reino de Dios. En épocas pasadas, ellos habían exigido un rey que pudiera entrar y salir delante de ellos.. Él les dio a David; y prometió levantar de entre sus descendientes, que duermen en la tumba, un rey que sería inmortal y reinaría sobre ellos para siempre conforme a las disposiciones  de una nueva constitución. Pues bien, los apóstoles testificaron que Dios había levantado a Jesús de entre los muertos precisamente para este propósito; y los había enviado primeramente a los judíos para informarles que si deseaban reinar como príncipes sobre Israel, no era suficiente que fueran descendientes naturales innatos de Abraham, sino que debían reconocer a Jesús como Rey de Israel, y caminar en los pasos de la fe de Abraham. Ellos testificaron además que si no lo reconocían como su rey, ya que el reino e imperio de Dios requeriría reyes y sacerdotes para administrar sus asuntos, ellos se volverían a los gentiles y los invitarían a aceptar el honor y la gloria del reino bajo condiciones de perfecta igualdad con Israel; porque así les había mandado que hicieran.

 

Esto mortificó muchísimo a los judíos. Ellos despreciaban a Jesús por su pobreza y la muerte ignominiosa que tuvo. En opinión de ellos, un rey sufriente y crucificado era una deshonra para la nación; y ser puesto a un nivel con los gentiles, a quienes ellos consideraban como “perros”, los llenaba de indignación y rabia contra los predicadores de tan perniciosa herejías. Pero la  misión apostólica era resistir la furia de los judíos con “el testimonio de Dios”; y establecer su predicación con  por lo que está escrito en la ley de Moisés y en los profetas, y por lo que ellos habían visto y oído, lo cual estaba atestiguado por el poder de Dios manifestado en los milagros que ellos realizaban.

 

Entonces hemos llegado a una gran verdad, o sea, que “la esperanza del evangelio” que predicaron los apóstoles primeramente a los judíos, y después a los griegos, era “la esperanza de Israel”; que el tema de ella era el reino de Dios y Silo; y que de esto trataba la promesa que fue hecha a los padres. Ahora nos corresponde examinar esta promesa a fin de que podamos llegar a entenderla bien; porque sus disposiciones son los elementos del reino; y desconocerlas es carecer de entendimiento, y por lo tanto, sin fe en el evangelio de Cristo.

 

El apóstol Pablo, que será nuestro intérprete, nos dice que la promesa, en lo cual consiste la “única esperanza”, fue hecha a “los padres”. Ésta es una frase que a veces se refiere a los predecesores  de la generación de los días de los apóstoles, los cuales eran contemporáneos con los profetas (Heb. 1:1); y en otras ocasiones se refiere a los padres Abraham, Isaac, y Jacob (Éx. 4:5). Es en este segundo sentido que el apóstol usa la frase en conexión con “las promesas”; porque hablando de Abraham. Isaac, y Jacob, él dice: “En la fe murieron todos éstos sin haber recibido las cosas prometidas”; es decir, lo que estaba contenido en la promesa; y después agrega “una nube de testigos” que vivieron en posteriores generaciones, y los cuales ilustraron su fe en la promesa que fue hecha a los padres, él concluye diciendo: “Y todos éstos, aunque aprobados por el testimonio de la fe, no llegaron a ver el cumplimiento de la promesa, proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que ellos no fuesen perfeccionados sin nosotros” (Heb. 11:13, 39, 40), por medio de una resurrección de entre los muertos para heredar el reino. Ellos deben levantarse del polvo antes de que puedan recibir la promesa. Ahora son imperfectos, hallándose en ruinas. Pero cuando sean reconstituidos por el Espíritu de Dios emerjan como hombres gloriosos, incorruptibles y poderosos, “igual a los Elohim”, habrán sido “perfeccionados” y dejados aptos para el reino de Dios. Pero no han de ser así perfeccionados hasta que todos los creyentes de la promesa sean resucitados; porque todos los fieles de todas las generaciones anteriores sean perfeccionados juntos.

 

El estudio de las promesas sin estar conectadas al estudio de los padres es imposible. Aquellos que desconocen las biografías de Abraham, Isaac y Jacob deben desconocer el evangelio; porque estos patriarcas fueron los depositarios de las promesas (Heb. 11:17) que constituyen la esperanza del evangelio; y de ellos, a Abraham se le designa especialmente como el que tenía las promesas (Heb. 7:6) --   ton econta taV epaggeliaV. Es por esta razón que un hombre debe llegar a ser de la simiente de Abraham por adopción por medio de Jesucristo. A menos que sea un hijo de Abraham por medio de una fe semejante y disposición a él, ni judíos ni gentiles pueden formar parte de la herencia de Abraham. Sólo la familia espiritual de Abraham puede compartir con él las promesas que él posee. Dios lo ha hecho el padre espiritual del género humano; y del Señor Jesús, el hermano mayor de la familia. Por lo tanto, si un hombre llega a ser un hermano de Jesús, al mismo tiempo se convierte en un hijo de Abraham, porque Jesús es la simiente de Abraham  y pertenecía al linaje de Isaac, cuando Abraham ofreció a su único hijo y volvió a recibirlo de entre los muertos, figuradamente hablando. Si el lector entiende esta materia, comprenderá plenamente el significado de las palabras del apóstol de que los creyentes “todos sois hijos de Dios (siendo de Abraham) por la fe en Cristo Jesús. Pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos… Y si vosotros sois de Cristo, CIERTAMENTE de la simiente de Abraham sois, y HEREDEROS conforme a la promesa” (Gál. 3:26:29).

 

Después de lo que se ha expuesto, creo que no se necesita decir nada más acerca de la importancia de  del tema que estamos tratando. Por lo tanto, ahora procederé a una ilustración más específico de las alegres nuevas del reino por medio de una exposición de

 

LA PROMESA QUE SE HIZO A ABRAHAM

 

Los descendientes de Noé estaban empezando a seguir los pasos de los antediluvianos. Se volvieron ambiciosos por hacerse “un nombre”, sin tener en cuenta el nombre del Señor. Así, su camino era insensatez; sin embargo, su posteridad aprobó esa conducta. La idolatría estaba empezando a prevalecer, y procedieron a construir una ciudad, y una torre cuyo techo llegaría al cielo, en honor al dios de ellos. Pero el Señor descendió y puso fin a su empresa confundiendo su lenguaje y esparciéndolos sobre la faz de toda la tierra.

 

Noé había vivido 292 años después del diluvio, cuando le habían nacido tres hijos a Taré, un descendiente de Sem, y Taré tenía 70 años de edad. Sem era un adorador del verdadero Dios, al cual Noé llamó “el Dios de Sem” (Gén. 9:26). Sin embargo, parece que Taré se había apartado de la sencillez dela verdad y probablemente se había adherido al insensato plan de hacer “un nombre” para los hijos de los hombres en la tierra de Sinar. Pero al ser interrumpida la construcción, es probable que él haya emigrado de Babel, que era el nombre de la ciudad que estaban construyendo, en dirección hacia el sur. Sea como fuere, lo encontramos en Caldea en un lugar llamado Ur (Gén. 11:28). En este lugar, al este de “el gran río Éufrates”, abram, Nacor y Harán le nacieron a Taré. Vivieron allí muchos años, sirviendo a los dioses de Sinar. La idolatría de la familia de Taré queda de manifiesto por el testimonio de Dios mismo, quien dijo de Israel: “Vuestros padres habitaron antiguamente al otro lado del río (Éufrates), a saber, Taré, padre de Abraham y de Nacor, y servían a otros dioses”. Cuando Josué informó de esto al pueblo, les advirtió, diciendo: “Quitad de en medio de vosotros los dioses a los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río y en Egipto, y servid a Yahvéh. Y si mal os parece servir a Yahvéh, escogeos hoy a quien sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi  casa serviremos a Yahvéh… Y el pueblo dijo a Josué: A Yahvéh nuestro Dios serviremos, y su voz obedeceremos” (Josué 24:2, 14, 15, 24).

 

Cuando la familia de Taré habitó en Ur de los caldeos, el Señor se les apareció, y dijo a Abram: “Vete de tu tierra, y de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré” (Gén. 12:11). Este mandato los hizo salir de Ur y viajar hacia la tierra de Canaán, y en su camino hacia allá, llegaron a Harán y habitaron allí (Gén. 11:31). De este modo, Taré, Abram, Sarai, y Lot obedecieron la voz del Señor y se separaron de los idólatras del distrito caldeo de Mesopotamia. Permanecieron en Harán hasta que el Señor se apareció de nuevo a Abram. En esta ocasión, el Señor vino para mostrarle la tierra adonde había de ir; pero no la nombró inmediatamente. Él se apareció sólo para decirle que viajara hacia el oeste hasta que él se le manifestara de nuevo; porque está escrito que Abram fue en esa dirección, “sin saber adónde iba”.

 

En esta entrevista en Harán, el Señor le dijo a Abram: “Haré de ti UNA NACIÓN GRANDE, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre y serás una bendición. Y bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra” (Gén. 12:2, 3). Aludiendo a esta promesa, el apóstol dice que al hacerla, “se predicó el evangelio a Abraham”, las buenas nuevas de gloria a las naciones, cuando Abraham y sus descendientes sean grandes y de renombre en toda la tierra. Abraham creyó en este evangelio que promisoriamente le fue anunciado por el Señor Dios. Y su fe no fue ineficaz. Fue una fe viva y activa; una fe por la cual obtuvo aprobación. Por la influencia de esa fe que abarca las cosas que se esperaban, se testifica que Abraham, “cuando fue llamado, obedeció para salir al lugar que había de recibir como heredad; y salió sin saber a dónde iba… porque esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios” (Heb. 11:8, 10). Él le volvió la espalda a Babel, y con Sarai y su sobrino Lot, y todas sus bienes, dejó la casa de su padre, cruzó el Éufrates y el Jordán, y entró en la tierra de Canaán, y continuó viajando hasta que llegó a Siquem, en el valle de More. Habiendo llegado hasta ese lejano punto del país, el Señor se le apareció de nuevo a Abram para darle a conocer que estaba en la tierra que él quería mostrarle; y añadió esta notable promesa, diciendo: “A tu simiente daré esta tierra” (Gén. 12:7).

 

Detengámonos aquí en la biografía de Abram, y consideremos esta promesa. Éste era un país que se hallaba entre el Éufrates y el Mediterráneo, en el cual estaba Abram y toda su casa con sus rebaños y manadas, y que era posesión de tribus guerreras que vivían en ciudades amuralladas hasta el cielo. Respecto a este país, el Señor, a quien pertenece el cielo y la tierra, dijo a Abram: Lo daré a tu simiente, cuando él todavía no tenía hijo. Pero es particularmente interesante saber  quién es la simiente de Abram que se menciona en esta promesa. ¿Es la “nación grande” de la cual se habla en la promesa anterior? ¿O es algún personaje en particular a quien se le promete aquí la tierra de Canaán como herencia? Yo no ofreceré ninguna opinión sobre este tema, sino que dejaré que el apóstol de los gentiles responda la pregunta. Al escribir a los discípulos en Galacia acerca de la herencia, dice: “A Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablara de muchas, sino como de una: Y a tu simiente, la cual es Cristo” (Gál. 3:16). Aquí el apóstol nos dice que la tierra de Canaán fue prometida a Cristo, cuando Dios dijo a Abram: “A tu simiente daré esta tierra”. Entonces, que el lector tenga presente esto como uno de los primeros principios del evangelio del reino. Niéguese esto, y se produce un término a todo entendimiento de la verdad.

 

Habiendo construido un altar en Siquem para conmemorar la promesa del Señor referente a la herencia para su simiente, y después de permanecer allí por algún tiempo, se fue a un monte entre Betel y Hai donde construyó otro altar e invocó el nombre del Señor. Después de esto reanudó su viaje continuando en dirección hacia el sur.

 

Habiendo sido impulsado  hacia Egipto debido al hambre que había en la tierra de Canaán, permaneció allí por algún tiempo, y adquirió mucha riqueza. Después de que esto disminuyó, él salió de Egipto y regresó al lugar entre Betel y Hai donde invocó el nombre del Señor. Poco después de esto, Lot se separó de Abram, y fue y habitó entre las ciudades del valle, que en el presente yacen sumergidas en el mar Muerto. Después de esta separación, el Señor se le apareció de nuevo, y dijo: “Alza ahora tus ojos y mira desde el lugar donde estás hacia el norte y hacia el sur, y hacia el oriente y hacia el occidente; porque toda la tierra que ves te la daré a TI y a tu simiente PARA SIEMPRE. Y haré a tu simiente (plural aquí) como el polvo de la tierra. Si alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu simiente será contada. Levántate, ve por la tierra a lo largo y a lo ancho de ella, porque a ti te la daré” (Gén. 13:14-17).

 

Ésta era una ampliación de la promesa dada en Harán y en Siquem. En el lugar anterior, la promesa de bendición que había de venir sobre él y las naciones, y en la cual su simiente, en el sentido de multitud, llegaría a ser grande, se dio en términos generales; en el segundo lugar, se prometió que de él descendería el Cristo para heredar la tierra de Canaán; pero en estas promesas no se dijo nada acerca de lo que iba a tener Abram, ni por cuánto tiempo el Cristo poseería el país. Sin embargo, en la promesa ampliada cerca de Betel fueron suministradas esta información que faltaba. A Abram se le informó que tanto él como Cristo heredarían el país; y que la poseerían “para siempre”. Habiendo recibido esta confirmación, sacó su tienda de Betel, y fue y la instaló cerca de Hebrón en el valle de Mamre, y allí edificó un altar al Señor.

 

Cuando Abram había residido casi diez años en la tierra de Canaán, el país entero estaba en armas al oriente del Jordán, y al norte y sur del campamento de Abram. Había estallado una rebelión contra Quedorlaomer, rey de Elam, que parece que era el principal potentado de esos días. Durante la guerra, Sodoma fue atacada y tomada; y Lot y todos sus bienes fueron llevados con el botín  de la ciudad, porque él vivía allí. Habiendo sido Abram informado de esto, rápidamente reunió una compañía de trescientos dieciocho sirvientes y emprendió la persecución de los saqueadores a los cuales derrotó y persiguió hasta Hoba, al occidente de Damasco. Recuperó todos los bienes y regresó al sur, considerablemente preocupado, sin duda a causa de los peligros de esa época.

 

En esta crisis, la palabra del Señor vino a Abram en una visión, y lo consoló dándole ánimo diciéndole: “No temas, Abram; yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande”. Abram ya tenía ochenta y cinco años de edad, y no tenía hijo. ¿Cómo podría, entonces, cumplirse la promesa que hizo Dios en Harán, y que repitió en Siquem y Betel en vista de que Abram no tenía hijo? E incluso ya era un anciano y había decidido hace su heredero a Eliezer de Damasco; ¿cómo podría entonces cumplirse, por medio de él, el galardón grande, eminentemente grande? Animado por estas consideraciones, pero de ninguna manera  por desconfianza en  Dios, dijo Abram: “Señor Dios, ¿qué me darás, dado que ando de hijo, y el heredero de mi casa es el damasceno Eliezer?... Mira que no me has dado simiente, y he aquí que es mi heredero uno nacido en mi casa”. Pero “la palabra del Señor vino a él, diciendo: No te heredará éste [Eliezer], sino uno que saldrá de tus entrañas será el que te herede”. El mensajero del Señor, que trajo esta palabra a Abram, lo sacó de su tienda y dirigiéndole su atención a los cielos, diciendo: “Cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: “Así será tu simiente”. Éste era un extraordinario plan para la fe de un anciano de más de ochenta años con una esposa de setenta y cinco años de edad. Pero se testifica de él que “él creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas naciones, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu simiente. Y no se debilitó en la fe ni consideró su cuerpo, ya como muerto siendo de casi cien años), ni muerta la matriz de Sara; tampoco duró de la promesa de Dios con incredulidad; antes bien, se fortaleció en fe, dando gloria a Dios, plenamente convencido de que Dios también era poderoso para hacer todo lo que había prometido” (Rom.4:18-21). Tal era la clase de fe de Abram; su forma de pensar en las cosas que se le comunicó en la palabra del Señor; y su disposición en relación con ellas. Tan complacido estaba Dios con él  que “se le contó por justicia”.

 

Habiendo buscado Abram primeramente el reino de Dios al dejar la casa de su padre para “buscar la ciudad… cuyo arquitecto y constructor es Dios”, había llegado ahora a ser el receptor de la justicia de Dios por la fe; de modo que ahora el Señor estaba preparado para añadirle otras cosas (Mateo 6:33). Dios le recordó el propósito por el cual él lo había traído a la tierra de Canaán, diciendo: Yo soy  el Señor, que te saqué de Ur de los caldeos, para darte a heredar esta tierra”. Abram había permanecido en el país diez años. Él se había familiariza bien con la tierra, y percibía que era una herencia noble y deseable. Por lo tanto, cuando el ángel se refirió a la promesa del Señor. Abraham pidió una señal, diciendo: “Señor Dios, ¿En qué conoceré que la he de heredar?

 

En respuesta a esto, se le ordenó que tomara “una becerra de tres años, y una cabra de tres años, y un carnero de tres años, una tórtola también y un pichón”. Habiéndolos matado, “los partió por la mitad y puso cada mitad enfrente de la otra; mas no partió las aves”. Este sacrificio era representativo de las cualidades del Cristo, cuya confirmación estaba a punto de efectuarse, como un testimonio de la posesión de Abram y de su simiente de la tierra en la plenitud de los tiempos después de haberse hecho los arreglos. Desde el tiempo del sacrificio hasta la puesta de sol, Abram se dedicaba a vigilar los restos para mantener alejadas a las aves de presa. Es probable que el sacrificio quedaba expuesto durante tres horas; en todo caso, “al atardecer” (Mateo 27:46; Marcos 15:42), y el sol se estaba poniendo, Abram cayó en un estado de muerte figurada, por medio de un profundo sueño y el horror de una espesa oscuridad que vino sobre él.

 

Ésta es una característica muy extraordinaria en el caso que estamos estudiando. Abram había construido altares y anteriormente había invocado  el nombre del Señor; pero no había circunstancias concomitantes como éstas. Sin embargo, aquí él está vigilando hasta el atardecer las víctimas sacrificadas que se hallaban expuestas; y entonces se queda sin fuerzas en similitud de la muerte y de una intensa oscuridad del sepulcro. Mientras se hallaba en este estado, el Señor reveló a Abram lo que acontecería a sus descendientes en los siguientes cuatrocientos años; el juicio de la nación que los oprimiría; su subsiguiente éxodo de la servidumbre con gran riqueza; su propia pacífica muerte a una avanzada edad; y el regreso de sus descendientes de vuelta a la tierra de Canaán. Las siguientes son las palabras del testimonio: “Ten por cierto que tu simiente será peregrina en tierra ajena, y servirá a los de allí y será por ellos afligida durante cuatrocientos años. Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza. Y tú vendrás a tus padres en paz; y serás sepultado en buena vejez. Y en la cuarta generación volverán acá, porque aún no habrá llegado al colmo la maldad del amorreo”.

 

Supongo que difícilmente el lector necesita ser informado de que todo esto se cumplió literalmente. Jacob y su familia, compuesta por setenta personas, migraron a Egipto doscientos cinco años después de que se hizo la revelación a Abram. Cuando surgió un rey en Egipto que no conocía a José, el salvador del país dirigido por Dios, los israelitas fueron gravosamente oprimidos hasta el término de cuatrocientos años a partir del profundo sueño de Abram. Después de esto, se cumplieron cuatrocientos años, incluso treinta años después, habiendo Dios juzgado a los egipcios, ellos se fueron del país con muchos bienes; y en la cuarta generación volvieron a entrar en la tierra de Canaán, como lo había dicho Dios. La iniquidad de los amorreos ya había llegado al colmo; e Israel, bajo el mando de Josué, se convirtió en los ejecutores de la venganza divina contra ellos.

 

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                                          segunda parte - capítulo 2

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