Elpis Israel - La Esperanza de Israel - Segunda Parte - Capítulo 1

 

 

ELEMENTOS DEL REINO DE DIOS Y EL NOMBRE DE JESUCRISTO

 

EL EVANGELIO DEL REINO EN RELACIÓN CON ISRAEL Y LOS GENTILES

Definición de la Verdad -- Nadie sino los creyentes en la verdad pueden heredar el reino de Dios -- Abraham, el "heredero del mundo" -- Para heredar con él los hombres deben creer lo que él creyó; y llegar a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo -- El evangelio y los elementos relacionados con el reino son uno y lo mismo -- El Señor Dios, Moisés, Jesús, y los apóstoles lo predicaron a Abraham, a Israel, y a los gentiles – Los elementos relacionados con el evangelio son susceptibles de una triple clasificación --  Las llaves del reino --La hermandad del misterio -- La "sucesión apostólica" -- Calificaciones  de un apóstol de Cristo -- Importancia de la frase "el fin del mundo" -- "La señal" de su proximidad -- Los apóstoles predicaron el evangelio a toda criatura -- El misionerismo moderno es inadecuado para el fin propuesto.

 

     Al comienzo de esta obra, he mostrado que desde la fundación del mundo el propósito de Dios ha sido establecer un reino y un imperio de  de naciones que reemplazarán a todos los otros que previamente existen sobre la faz de la tierra. Ahora hemos llegado a esa parte del tema que se relaciona con el desarrollo de esta constitución imperial del mundo, que, cuando dé a luz, habrá ocupado seis días de  de mil años cada uno en su formación. Ningún tópico puede sobrepasar esto en interés e importancia para cada hombre que respire el aliento de vida. Dios ha hecho de la creencia en los elementos de semejante constitución una condición para tomar parte en la gloria, honor e incorruptibilidad que pertenece a ella. Cualquier ignorancia puede pasarse por alto, pero la ignorancia de los elementos que pertenecen a este reino separa a los hombres de la vida de Dios. Esto es equivalente a decir que nadie que no crea en el evangelio puede alcanzar la vida eterna; porque el tema del evangelio es precisamente este reino el cual Dios tiene el propósito de establecer para el Hijo del Hombre y los santos.

Es de vital importancia que creamos la verdad, y no un sustituto de ella, porque es sólo por medio de la verdad que podemos ser salvos; “la verdad que está en Jesús”, ni más ni menos, es aquello a donde debemos dirigir nuestra atención en la palabra. “La Verdad” está establecida en la ley y en los profetas; pero debemos añadir a éstos el testimonio apostólico que se halla en el Nuevo Testamento si hemos de comprenderla tal “como es en Jesús”. El reino es el tema de “la verdad”, pero tal “como es en Jesús”, es la verdad referente a él como rey y supremo pontífice de los dominios; y los elementos relacionados con su nombre según se enseña en la doctrina de los apóstoles. Como un todo, “la verdad” se define como “los elementos relacionados con el reino de Dios y el Nombre de Jesucristo” (Hechos 8:12). Esta frase cubre todo el fundamente sobre el cual se basan la “única fe” y la “única esperanza” del evangelio; de modo que si una persona cree sólo en los “elementos del reino”, su fe es defectuosa en los elementos del Nombre; o, si su creencia se limita a los “elementos del Nombre”, es deficiente en los “elementos del reino”. No puede haber separación entre ellos, los cuales están reconocidos en una “fe igualmente preciosa” (2 Pedro 1:1) que la de los apóstoles. Ellos creían y enseñaban todas estas cosas; Dios las había unido, y ninguna persona que las separe puede esperar que él la favorezca o que derogue la necesidad de creer lo que él ha revelado por fe.

No puede haber duda de la verdad de estas declaraciones en vista de la enfática afirmación de Pablo de que “mas si aun nosotros [los apóstoles], o un ángel de cielo, os predicare un evangelio diferente del que os hemos predicado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predicare un evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema” (Gál. 1:8). Aquí, pues, él pronuncia una maldición incluso contra un ángel, si viniera y nos ofreciera un evangelio diferente al que predicó él y los otros apóstoles. Por lo tanto, debemos ser prudentes para no recibir nada que no tenga la aprobación de la autoridad de ellos. Pablo califica como “evangelio diferente”, es decir, una “perversión del evangelio de Cristo” (Gál. 1:7), y como sólo podemos  ser salvos por la creencia en la verdad, semejante evangelio es tanto inútil como perjudicial.

Evangelio” es una palabra que significa buenas nuevas, o noticias alegres, y el evangelio se refiere a algunas buenas nuevas específicas. “Benditos”, dicen las Escrituras, “los que conocen el sonido alegre, o del evangelio; y la razón es porque da a conocer la “beatitud” que ha de venir a las naciones, y dará un interés a cada uno que lo crea y las acepte. El evangelio de Dios son las buenas nuevas de la beatitud prometida en las Escrituras de los profetas, y resumidamente expresado en la frase “En ti, Abraham, serán benditas todas las naciones de la tierra”.

Pablo califica a la formulación de esta promesa a Abraham como la predicación del evangelio a Abraham, porque él dice que “la Escritura, previendo que Dios había de justificar por la fe a los gentiles, predicó de antemano el evangelio a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones” (Gál. 3:8). A esto él denomina “la bendición de Abraham”, la que ha de venir a todas las naciones por medio de Jesucristo.

Abraham ocupa un lugar notable en relación con el carácter bendito del evangelio. Pablo lo menciona seis veces en el tercer capítulo de Gálatas, el cual lo termina diciendo: “Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente simiente de Abraham sois, y herederos conforme a la promesa. De ahí que se requiera los hombres que sean de Cristo a fin de que puedan ser de la simiente de Abraham. Pero, ¿por qué es tan importante ser de la simiente de Abraham? Por la muy obvia razón de que, como las promesas fueron hechas a Abraham, sólo siendo constitucionalmente “en él” es que todo hijo de Adán puede obtener una participación en lo que pertenece a Abraham.

Esta idea se puede ilustrar haciendo referencia a la ley de herencia que hay en toda nación civilizada. Si un hombre tiene un patrimonio, sólo los miembros de su familia tienen derecho a ela su deceso. Aunque todo el mundo puedan ser amigos suyo, a menos que sean nombrados en su testamento, no pueden tener parte alguna en la herencia que él pueda dejar. Además, si él no tiene heredero, su patrimonio y propiedad podrían retornar al señor del cual él llegó a tener su título de propiedad; pero, para evitar esto, sería muy conveniente que él adoptara un heredero conforme a la ley. La persona adoptada llegaría a ser su simiente en todo excepto en su nacimiento natural. En el caso que estamos examinando, Dios ha prometido una propiedad a Abraham, por lo tanto a él se le denomina “EL HEREDERO DEL MUNDO” (κόσμος), es decir, de la gloria, honor y poder de las naciones de todo el globo en su condición bendita milenaria; un don digno de Aquel que lo ha prometido.

Ahora bien, la promesa de esto a Abraham y a su simiente es una promesa para nadie más. Ningún extraño tiene derecho a reclamarla. Debe ser de la simiente de Abraham, o no tiene derecho a la propiedad de Abraham. En base a este principio, nadie que no sea  descendiente lineal, o carnal, de Abraham puede heredar el mundo juntamente con él cuando Dios cumpla la promesa. Éste es el punto de vista que los judíos han tomado del asunto, los cuales fundan su esperanza de participación en el mundo cuando llegue a ser de Abraham y su simiente basado en el reconocido hecho de que ellos son carne y sangre de Abraham. Esto estaría muy bien si no se hubiera especificado otra condición acerca de la herencia. Pero la palabra dice que “no los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos según la promesa [los que creen en ella] son contados en la simiente” (Rom. 9:8). Si los hijos de la carne tuvieran un derecho a compartir con Abraham cuando obtenga posesión del mundo que Dios le ha prometido, entonces todos los descendientes de Ismael y Esaú, su hijo y nieto, así como los de Isaac, tendrían iguales derechos. Pero Dios, que no sólo promete el patrimonio, sino que especifica las condiciones de la herencia, ha restringido la sucesión a aquellos calificados como los “hijos de la promesa… como Isaac” (Gál. 4:28). Él ha proclamado la gran verdad que “no será heredero el hijo de la sierva con el hijo de la libre” (Gál. 4:30).

Para ser un hijo de la libre, un hombre, aunque sea judío, debe creer en la promesa hecha a Abraham; deber de igual disposición que Abraham; debe ser obediente como Abraham; debe tener fe en Jesús que es la simiente de Abraham relacionado con él en la promesa; debe creer en su nombre; debe ser constitucionalmente incorporado a Cristo por inmersión en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo; habiendo cumplido con estas condiciones, él es incluido en la familia de Dios, a cuyos miembros les es dicho: “Todos sois  hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Pues todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío, ni griego; no hay esclavo, ni libre; no hay varón, ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. Y si vosotros sois de Cristo, entonces simiente de Abraham sois, y herederos conforme a la promesa” (Gál. 3:26-29). Éstos son los hijos de la promesa, los hijos de Dios, los hermanos y co-herederos de Jesucristo, los hijos de la libre, y simiente de Abraham, Isaac, y Jacob, siendo los únicos autorizados para poseer el mundo con él.

Jesús vino a predicar el evangelio. “El Espíritu del Señor”, dijo él, “está sobre mí, por cuanto me ha ungido para predicar el evangelio a los pobres… y a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:19). Se admite, entonces, que Jesús cumplió su misión; en consecuencia, en su proclamación predicó las buenas nuevas de la estación aceptable, o ERA BENDITA del Señor. Pero, ¿cuál fue la gran verdad central de este año aceptable? Que responda Jesús la pregunta con sus propias palabras: “Es necesario que predique el reino de Dios;… porque para esto he sido enviado” (Lucas 4:43), y tanto predicó acerca de este reino que el pueblo se impacientó e intentó tomarlo por la fuerza y hacerlo Rey. Pero él no iba a permitirlo; y debido  que ellos pensaban que el reino de Dios iba a aparecer de inmediato, les dijo una parábola en la que les dio a entender que primeramente debía hacer un viaje a un lejano país para ser presentado ante el Anciano de Días para recibir de él el reino, y entonces regresaría; cuando concedería a sus siervos poder y autoridad sobre las ciudades del mundo (Dan. 7:13, 14; Lucas 19:11, 17; Dan. 7:18, 27). De acuerdo con este plan, Jesús fue levantado de entre los muertos y se fue; cuando ascendió hasta la diestra de la Majestad en los cielos, donde está ahora. Aún no ha recibido el reino, la gloria y el dominio, o él ya habría regresado. Está esperando esto, “sentado a la diestra de Dios hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies” (Sal. 110:1). Entonces él aparecerá en su reino y gobernará como Rey sobre toda la tierra.

Entonces, el evangelio fue predicado  a Abraham por un ángel del Señor; y fue predicado por Jesús a su propia nación, y sólo a ellos; porque “no soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mateo 15:24). Pablo también declara que fue predicado a esa generación de israelitas cuyo esqueleto cayó en el desierto; pero no les aprovechó porque ellos no creían en él (Hebreos 4:2). Por lo tanto, Dios juró en su ira que no entrarían en el descanso proclamado en el evangelio (Heb. 3:18, 19). Antes de que sufriera en el árbol execrable, Jesús envió a sus apóstoles y setenta otros por toda esa tierra a predicar el reino de Dios”. Al consignar la obediencia de ellos a su mandato, Lucas dice: “Recorrían las aldeas predicando el evangelio (Lucas 9:2, 6). De manera que está claro que predicar el reino es predicar el evangelio; y predicar el evangelio es predicar el reino de Dios.

Ésta es una demostración muy importante; porque nos faculta para determinar cuando estamos escuchando el evangelio. No se está predicando el evangelio cuando se omiten los elementos del reino. Y éste es un notorio defecto en la predicación moderna. O no dicen nada acerca del reino, o predican un reino que no es más que especulación; un reino de los cielos en principio en el corazón de los hombres, o en algún lugar más allá del firmamento. Pero el evangelio no consiste en semejante reino como éste: una simple ficción adoctrinada en la mente de los hombres por “astutas artimañas de aquellos que están en acecho para engañar”. Tan inseparable es la idea del evangelio de la del reino que las encontramos no sólo sustituidas la una por la otra, sino que unidas en términos de una explicación.

“Y aconteció después que Jesús caminaba por todas las ciudades y aldeas predicando y anunciando el evangelio del reino de Dios; y en la profecía del Monte de los Olivos está escrito: “Y será predicado ESTE evangelio del reino en todo el mundo [en olhthoikoumenh, el Imperio Romano] para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14). Después que resucitó de entre los muertos, mandó a los apóstoles, diciendo: “Id y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado” (Marcos 16:15-16), y, “he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). En vista de estos textos, ¿puede alguien estar tan perplejo como para no ver que se predica la salvación está basada en creer el evangelio del reino y bautizarse en Jesucristo?

Ellos habían de predicar “este evangelio del reino” en el nombre de Jesús. ¿Cómo ejecutaron ellos la obra? “Saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando LA PALABRA con las señales que la seguían” (Marcos 16:29). Empezaron en Jerusalén, pasaron por toda Judea, y entonces fueron a Samaria y, finalmente, hasta el confín de la tierra. Empezaron en el día de Pentecostés y predicaron sólo a los judíos durante varios años; al final de los cuales, Pedro y Pablo comenzaron a proclamar el reino también a los gentiles. Las labores de los apóstoles eran infatigables. Llenaron el Imperio Romano con su doctrina, y causaron tan honda impresión que los tumultos se alborotaron; y se les acusó de traición contra el Estado porque proclamaban otro rey que no era César (Hechos 17:7, 31), el cual gobernaría al mundo con justicia como el Señor soberano de toda la tierra. “Y hablaron la palabra de Dios con osadía” (Hechos 4:31). “Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma” (Hechos 4:32). Y en todos ellos había una gran bondad. En alrededor de treinta años, el evangelio del reino se proclamó en todo el  mundo a toda criatura bajo el cielo (1 Col. 1:, 6, 23). Ellos terminaron su obra y durmieron; el Señor había cumplido extensamente su promesa de cooperar con ellos hasta el fin del mundo.

De este modo, el mismo evangelio que se había predicado a Abraham, los apóstoles lo predicaron también a judíos y gentiles después de la ascensión de Jesús hasta la diestra del poder. Sin embargo, había esta diferencia: cuando se predicó a Abraham y a la generación que pereció en el desierto, era del todo un asunto de promesa; pero cuando los apóstoles lo predicaron a las naciones romanas, algunas de las cosas conectadas con la promesa se cumplieron; de manera que el evangelio del reino, que ellos predicaban, era en parte un asunto de promesa y en parte un asunto histórico y parcialmente doctrinal. De este modo, se presentó al género humano desde un punto de vista triple que se puede formular de esta forma:

I. Promesas que se han de cumplir; o, cosas referentes al reino de Dios.

II. Promesas ya cumplidas; o, cosas referentes a Jesús.

III. El significado doctrinal de las promesas cumplidas; o, cosas referentes a su Nombre.

Un hombre podría creer todas las promesas y la importancia doctrinal, pero si no cree que Jesús de Nazaret era el tema de ellas, él sería un muy buen creyente judío bajo la ley, pero no sería un cristiano bajo la gracia. Éste es el momento decisivo máximo en la fe de un esclarecido judío y un cristiano. ¿Es Jesús de Nazaret el personaje que se describe en la ley y los profetas; tiene el derecho y título al trono de David y al dominio del mundo?

El judío dice: ‘No, nosotros esperamos a otro’; pero el cristiano replica: ‘Incuestionablemente, él es la persona; nosotros no esperamos a ningún otro, sino que con seguridad esperamos la re-aparición en la tierra de “este mismo Jesús” para que restaure el trono y el reino de David, para que los ocupe como Rey de los judíos; y para que sea el Sumo Sacerdote Melquisedec y el Gobernante de las naciones’.

De ahí que es verdad fundamental del evangelio del reino que Jesús de Nazaret es el Rey ungido, el Hijo del Dios viviente. Él es la Roca o Fortaleza de Israel, cuyo poder nunca será restaurado hasta que él se siente en el trono de su reino, y que la nación lo reconozca como Rey.

Por otro lado, un hombre puede creer que Jesús es el Hijo de Dios; que fue enviado por Dios como un mensajero para Israel; que hay remisión de pecados por medio del derramamiento de su sangre; que él es el salvador; y que resucitó de entre los muertos. Si cree estas cosas, pero es ignorante, y en consecuencia sin fe, de “los elementos del reino”, él no puede obtener gloria, honra, incorruptibilidad y vida en ese reino. La condición para obtener la salvación es la creencia en el evangelio completo y obedecerlo. No es “el que cree en Jesucristo, y es bautizado, será salvo”; sino que “el que crea en EL EVANGELIO y sea bautizado” (Marcos 16:15, 16). Simplemente creer en Jesús es tan sólo creer en “EL MENSAJERO”, pero él fue enviado a predicar el evangelio a los pobres, a mostrar las alegres nuevas del reino de Dios; éste era su MENSAJE, el mensaje de Dios primeramente a los judíos, y después a los griegos. Recuérdese, entonces, que la salvación está basada en la creencia en el MENSAJERO y en el MENSAJE  que él trae de Dios.

El penoso estado del mundo profesante en la actualidad es que no tienen fe en el mensaje de Dios, sino más bien lo ridiculizan y amontonan insultos contra aquellos que lo defienden. “Vine a predicar el evangelio de Dios”, dice Jesús.

“Oh, nosotros creemos que vienes de Dios, porque ningún hombre podría hacer los milagros que tú haces a menos que Dios esté con él; pero no creemos ni una palabra en un reino en Judea bajo tu gobierno. No tenemos idea de tu regreso a esta tierra maldecida a reinar en Jerusalén, y a sentarte como sacerdote en trono allí. Esto no es más que un sueño despierto de aquellos que toman tus palabras y los dichos de los profetas como si fueran a entenderse  en un sentido carnal o literal. Sería derogatorio para los intereses de Dios suponer o desear semejante consumación. No, no; creemos que tú estás a la diestra de la Majestad en los cielos, reinando ahora sobre el género humano; que nosotros somos tus ministros y embajadores en la tierra; y que al enriquecernos a nosotros, el mundo está dando su sustancia y rindiendo homenaje a ti; y que cuando muramos, vendremos a ti, y los reinos gobernarán más allá de los cielos. Nuestras iglesias son tu reino aquí, y nuestra profunda y piadosa convicción es que mientras más confían en nosotros, y mientras menos se preocupen del milenio,  mejor será para ellos y para la paz de las denominaciones a las cuales ellos pertenecen”.

Éstas son  en efecto las palabras de los líderes religiosos del mundo, y aquellos que transan sus entendimientos por las tradiciones con las cuales desvirtúan la “palabra del reino de Dios”. Pero estas tradiciones son puras tonterías, y sin el menor respaldo de las Escrituras. Pertenecen a una generación oscura e insensata, y encuentra su origen en las especulaciones de hombres de mente corrupta y réprobos en lo que concierne a la fe.

Cuando los apóstoles predicaron en el día de Pentecostés, ellos anunciaron que Dios había resucitado a Jesús para que se sentara en el trono de David (Hechos 2:30). En la puerta del templo les dijeron a los judíos que Dios les enviaría a Jesucristo al tiempo de la restauración (Hechos 3:21). Cuando Felipe predicó a los samaritanos la palabra referente a Cristo, anunció “el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesucristo” (Hechos 8:12). En la convención de los apóstoles y ancianos, Santiago les pidió su atención al relato de Pedro y la predicción de Amós. Él declaró que la obra que había que hacer era sacar de las naciones un pueblo para el nombre de Dios, como está escrito: “DESPUÉS DE ESTO volveré y reedificaré la morada de David, que estaba caída; y cerraré sus brechas, y levantaré sus ruinas, y la reedificaré como en el tiempo pasado para que posean el remanente de Edom y de todas las naciones que son llamadas por mi nombre. Y traeré del cautiverio a mi pueblo Israel, y reedificarán ellos las ciudades asoladas y las habitarán; y plantarán viñas y beberán el vino de ellas, y harán huertos y comerán el fruto de ellos. Y los plantaré sobre su tierra, y nunca más serán arrancados de la tierra que yo les di, dice el Señor” (Hechos 15:14-18; Amós 9:11).

En Atenas, Pablo anunció que Dios tenía el propósito de gobernar al mundo en justicia por medio de Jesucristo; y que lo había resucitado de entre los muertos como una comprobación de su veracidad (Hechos 17:31). En la sinagoga de Éfeso él disputó durante tres meses, persuadiendo acerca del reino de Dios (Hechos 19:8; 20:20, 21-25, 27). Pablo compareció ante el tribunal de Agripa y fue juzgado “por la esperanza en la promesa que hizo Dios a nuestros padres… Ésta es la promesa que esperan alcanzar nuestras doce tribus, sirviendo fervientemente a Dios de día y de noche” (Hechos 26:6, 7). De ahí que él predicó la esperanza de las doce tribus de Israel, según se expone en Amós y en todos los profetas, y dirigió la atención de ellos hacia Jesús como el personaje al que Dios había resucitado para que llevara a cabo los deseos de ellos. En verdad, les dijo claramente a los judíos de Roma que él era un prisionero encadenado a causa de la esperanza de Israel; y en ilustración de ello, “les declaraba y testificaba el reino de Dios, persuadiéndolos acerca de Jesús, tanto por la ley de Moisés como por los profetas” (Hechos 28:23). Él hablaba conforme a la ley y al testimonio, difundiendo la luz del glorioso evangelio del Dios bendito, por dos años completos en Roma, “la gran ciudad que reina sobre los reyes de la tierra” (Apoc. 17:18).

Para entender las relaciones de las cosas, debe saberse que el evangelio está vinculado con los descendientes de Abraham desde antes de la predicación de Juan el Bautista; con Israel desde Juan hasta el día de Pentecostés; desde esta época hasta el llamado a los gentiles; y después a los gentiles en general. “La ley y los profetas fueron hasta Juan, desde entonces se proclamó el reino de Dios” a Israel por medio de Juan, de Jesús, de los setenta y de los doce.

Sin embargo, había “un misterio” conectado con el evangelio que no se manifestaba en su proclamación antes del día de Pentecostés. Al pueblo se le enseñaba en parábolas, pero a los apóstoles se les favorecía con su interpretación en privado; porque, Jesús les dijo: “A vosotros  os es dado saber el misterio del reino de Dios, pero a ellos no les es dado” (Marcos 4:2; Mateo 13:11). Referente a esto, Pablo dice: “Mi evangelio, y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido escondido desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas… se ha declarado a todas las naciones para que obedezcan  la fe (Rom. 16:25, 26)”. “Orad por mí”, dice él, “para que, al abrir la boca, me sea dada palabra para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio, por el cual soy embajador en cadenas” (Efesios 6:19). Además, “que por revelación me fue declarado el misterio, el cual en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a los santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles fueran coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de su promesa en Cristo Jesús mediante el evangelio…  A mí me fue dado hacer que todos los hombres vean lo que es el COMPAÑERISMO del misterio, que, desde el principio del mundo  (apo ton aionon desde el principio de los siglos) ha  permanecido oculto en Dios, quien creó todas las cosas; para que la multiforme sabiduría de Dios sea ahora dada a conocer por medio de la iglesia” (Efe. 3:3-10).

Por estos escritos aprendemos que el evangelio del reino de Dios es una frase que abarca todo el tema; y que el misterio del reino, y el compañerismo del misterio, son cosas que pertenecen al evangelio del reino en un sentido especial, pero desconocido hasta que fue revelado a los apóstoles. Los misterios del reino fueron consignados en los escritos sagrados; pero su importancia estuvo oculta de los profetas mismos hasta que sus “LLAVES” fueron concedidas a los apóstoles. De ahí que Pedro dice: “De la salvación de las almas [psuchon]… los profetas que profetizaron de la gracia que había de venir a vosotros inquirieron y diligentemente indagaron, escudriñando qué condiciones o qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, cuando testificaban de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que seguirían  después de éstos. A quienes les fue revelado que ministraban, no para ellos, sino para nosotros, las mismas cosas que ahora os han sido anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles” (1 Pedro 1:1-12).

Entonces, el misterio del reino ha sido dado a conocer, y encontramos que tenía relación con los sufrimientos del Cristo; y el arrepentimiento, remisión de pecados y vida eterna en su nombre, primeramente a los judíos y después a los gentiles. Los profetas que predijeron estas cosas no pudieron penetrar en el misterio de ellas; y los ángeles mismos, que les trajeron la palabra, deseaban entenderlas. Pero esto no estaba permitido; y estaba reservado como un secreto hasta después de los sufrimientos de Cristo, los cuales habían de ser la base de la manifestación.

Cuando se acerque el “día determinado” para “terminar con la transgresión y poner fin al pecado y expiar la iniquidad, y para traer la justicia perdurable” (Dan. 9:24). Jesús que había sido ungido como el Santo de los santos, el profeta sellado del Padre, , y plenamente confirmado como Mesías el Príncipe, seleccionó a un hombre de los doce (que tenía la menor razón para exaltarse sobre sus hermanos como “el príncipe de los apóstoles”), como el depositario de las lleves de los misterios del reino de Dios.

Esta tan honorable persona era Simón Pedro, hijo de Jonás, que negó a su maestro con juramentos e imprecaciones. Pero, habiéndose convertido, y restituido a la aprobación por su clemente Señor, estaba preparado para ser  el humilde “siervo de siervos”, y para fortalecer a sus hermanos en todas las pruebas y aflicciones que les sobrevinieran por amor a la verdad. “A ti te daré [Simón hijo de Jonás] las llaves del reino de los cielos… y todo lo que desates en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:19).

Pero nos gustaría preguntar a cualquier hombre razonable, no contaminado por la insensatez e irracionalidad humanas, si se confiere un poder a una determinada persona hace 1.900 años, ¿se puede conferir a otra persona que vive 19 siglos después? Las llaves se prometieron a Pedro, y no a sucesores de Pedro, si fuera posible que él los eligiera para semejante oficio; que nadie sino el más estúpido ignorante de las Escrituras se atrevería afirmar. La custodia de las llaves por un sucesor de Pedro es la suposición más ridícula de la cual  puedan haber sido culpables algunos pobres mortales dementes. Cuando lleguemos a entender lo que son las llaves de los misterios del reino, veremos en seguida que el uso mismo de ellas opera por primera vez en la posesión que tiene Pedro de ellas así como la revelación de un secreto a todo el mundo afecta a su poder sobre él después por aquellos a quienes les fue dicho.

Si Pedro, en vez de usar las llaves, las ocultara hasta la hora de su muerte, y entonces las confiriera a una sola persona, se podría ciertamente decir que esta persona es “sucesora de las llaves”. Pero él no hizo esto, ni se hubiera atrevido a hacerlo. Él las comunicó a grandes multitudes de judíos y gentiles para que llegaran a ser propiedad común del mundo; y nadie sino hombres “terrenales, sensuales y diabólicos” como los sacerdotes, “espíritus engañadores y a doctrinas de demonios que con hipocresía hablarán”, cuyo negocio es “hacer ganancia de la piedad”; nadie sino estos hombres habrían concebido la posibilidad de la transferencia de  de las llaves de los misterios del reino de los cielos a un sucesor; especialmente a tales sucesores de impíos impostores como los profetas de la Sede Romana.

Una llave se usa en las Escrituras como un símbolo del poder de revelar, o interpretar, cosas secretas; también para el poder en general. Como una llave es para una cerradura, así es el poder para cosas intelectuales, morales y políticas. Las Escrituras dicen acerca del Mesías: “Las llaves estarán sobre su hombro”, es decir, “él poseerá el gobierno”. Y además, “tengo”, dice Jesús, “las llaves (kleis) del Hades y de la muerte”; lo cual equivale a decir que Jesús tiene el poder para abrir la morada, o cámara, de los muertos y restaurarlos a la vida. En estas instancias, una llave es el símbolo del poder político y físico; pero también representa el poder científico o conferimiento del conocimiento. De este modo, bajo la ley de Moisés se designó divinamente que “los labios del sacerdote han de guardar el conocimiento, y de su boca buscarán la ley, porque mensajero es de Yahvéh de los ejércitos”. Sin embargo, los sacerdotes se volvieron tan corruptos e ignorantes que Israel buscó en vano conocimiento de sus labios, y, por consiguiente, perecieron por falta de ello. El Señor los acusó por medio de la mano de Malaquías: “Mas vosotros os habéis apartado del camino; habéis hecho tropezar a muchos en la ley; habéis corrompido el pacto de Leví, dice Yahvéh de los ejércitos. Por tanto, yo también os he hecho viles y bajos ante todo el pueblo, puesto que vosotros no habéis guardado mis caminos y en la ley hacéis acepción de personas” Mal. 2:8-9).

Éste era precisamente el estado de cosas  cuando “EL MENSAJERO DEL PACTO” hizo su aparición en Judea. Él los denunció por sus corrupciones: “Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se me acerca con su boca y con sus labios me honra, pero ha alejado su corazón de mí… Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres”. Entre estos hipócritas estaban los intérpretes de la ley, los cuales, sintiendo la potencia de sus reproches, protestaron contra tal acusación. Pero él se volvió contra ellos: “¡Ay de vosotros , intérpretes de la ley!, porque habéis quitado la LLAVE DEL CONOCIMIENTO; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis” (Lucas 11:52).

Esa era la desdichada condición de la nación judía cuando se presentó Jesús; como ocurre con todas las naciones en la actualidad en las cuales las tradiciones eclesiásticas han cerrado la entrada al reino. El Señor Jesús vino a restaurar a Israel  la llave del conocimiento. Ellos erraban, “ignorando las Escrituras”, pero él estaba a punto de abrirlas, a fin de que, a pesar de los hipócritas, ellos pudieran entrar en el reino de Dios. ¡Ojalá que los hombres pudieran ser inducidos ahora a dedicarse al estudio de las Escrituras sin tomar en cuenta artículos, credos, denominaciones y tradiciones! Estos elementos son tan sólo basura; monumentos de la arrogancia y la insensatez de generaciones pasadas adoctrinadas con la sabiduría que proviene de abajo. Si se les pudiera infundir un espíritu bereano; si pudieran ser persuadidos a que “escudriñaran cada día las Escrituras” (Hechos 17:11-12) en busca de la verdad como se hace con un tesoro escondido; ellos abandonarían rápidamente a sus guías espirituales con toda su gloria de misticismo y erudición patrística, y se regocijarían en la libertad de esa verdad que es lo único que puede hacerlos “verdaderamente libres”.

El evangelio los invita a entrar en el reino de Dios. La manera de entrar se halla muy clara en la Biblia. Ya no hay ningún misterio oculto para entrar como había antes de que se manifestaran los sufrimientos de Cristo. El misterio del reino se ha revelado. Se ha dado la llave del conocimiento, pero desafortunadamente ha sido robada de nuevo por los fingidos sucesores de Pedro; y, en una escala más pequeña, por cada otro eclesiástico que desanime o ponga impedimentos en el camino de un examen y declaración libre, imparcial e independiente de la verdad bíblica en sus iglesias; o una irrestricta defensa de ella, aunque en desacuerdo con los institutos de teología dogmática, en todos los púlpitos de la tierra.

Los líderes del pueblo no se atreven a permitir que se realice semejante propósitos; porque la Biblia es hostil para sus sistemas, y establece cosas que, si se creen, vaciarían sus tribunas, dispersarían sus rebaños, y cerrarían sus puertas; y elaborarían tan trascendental revolución social que la verdad y justicia triunfarían en medio de la tierra, y los pueblos serían iluminados en el conocimiento que proviene de Dios. Sin embargo, nunca se podrá esperar semejante consumación mientras la instrucción y el gobierno de las naciones estén en las manos de los existentes sistemas o gobernantes, sean laicos o eclesiásticos; porque “como es el sacerdote, así será el pueblo”, y viceversa; son corruptos y absolutamente descarriados; y, por lo tanto, y carecen de todo poder para resucitar las cosas que permanecen, y las cuales están listas para desvanecerse.

Antes de que un hombre pueda entrar en el reino de Dios, debe ser separado de sus pecados en el estado actual; y de aquí en adelante liberado de la prisión donde los muertos se hallan atados con cadenas de intensa oscuridad. La liberación de los pecados, lo encargó Jesús a Pedro; pero el ensanchamiento de la cámara de la muerte él lo ha reservado para sí (Apoc. 1:18; 20:1).

El conocimiento es la llave para la remisión, o liberación de los pecados, para poder entrar en el reino de Dios. Nadie puede entrar en este reino con sus pecados y carente de un carácter aprobado por Dios; y nadie podía responder la pregunta, “¿cómo puede un hombre obtener la remisión de pecados; y qué clase de carácter de ahí en adelante consideraría Dios como digno?”—hasta que el apóstol Pedro reveló el secreto, que le fue comunicado a él por el espíritu, en el día de Pentecostés. Si el lector examina el capítulo segundo de los Hechos, ahí aprenderá que Pedro usó una de las llaves del reino que le dio su Rey. En esa ocasión, digo yo, él tan sólo usó una de las llaves. Él reveló el misterio del evangelio del reino de Dios sólo a los judíos.

Ellos creían en el reino, la gloria y el dominio que le fue prometido a  al Hijo de Hombre en Daniel y a los profetas; estaban bien conscientes de que el reino iba a pertenecer a su nación; que el rey había de ser el hijo de David, y para vivir para siempre; y que los justos habían de tomar el reino con él; estos elementos eran la sustancia de la esperanza nacional; pero en aquel tiempo ellos no sabían en base a qué condiciones podían obtenerlas. De ahí que era deber de Pedro instruirlos. Primeramente, les hizo recuerdo de ciertas cosas notables acerca de Jesús. Que los prodigios que él realizó por el poder de Dios evidentemente mostraron que tenía la aprobación de Dios; que ellos habían sido culpables de su muerte al pedir a gritos su crucifixión; pero que todo esto había sido predeterminado por Dios; que Dios lo había “liberado de las penas de la muerte” al resucitarlo de entre los muertos. Entonces {el procedió a mostrar por medio de sus profetas que lo que le había acontecido a Jesús era una verificación de ciertas predicciones. Él adujo el testimonio de David, que el Cristo había de ser “resucitado para sentarse en el trono de David”, y, por consiguiente, previamente debería sufrir la muerte; y que después de que fuera resucitado, había de ascender hasta la diestra de Dios. Entonces concluyó, diciendo: “Que toda la casa der Israel sepa con certeza que Dios ha hecho a ese mismo Jesús a quien vosotros habéis crucificado, tanto Señor como Rey Ungido (Christos, Mesías)”. Para la veracidad de esta declaración él apeló a lo que ellos vieron y oyeron; a las lenguas como fuego que se depositaron sobre sus cabezas, el “sonido de un fuerte viento”, y los muchos idiomas que hablaron los pescadores galileos sin previo estudio.

El resultado del razonamiento de los apóstoles fue su convicción de que Jesús verdaderamente era el Rey de Israel, sí, el Silo que les había sido prometido desde hacía muchísimas épocas. Ellos lo reconocieron como el “Hijo cuyo NOMBRE se llamará Admirable, Consejero, Dios poderoso, Padre eterno [Avi Ad] Príncipe de paz” (Isaías 9:6). Sin embargo, esta creencia también los convenció de que, siendo éste un gran personaje, ellos habían cometido un enorme crimen; y habían “matado al Príncipe de la Vida”. Su conciencia los estaba castigando.; “ellos habían negado al Santo y Justo, y prefirieron a un homicida antes que a él”; y habían invocado que su sangre cayera sobre ellos y sobre la posteridad de ellos. ¿De qué les servía su fe en estas circunstancias extremas? Creían en el reino, creían en Jesús, les invadió el remordimiento, pero todavía estaban conscientes sólo de la culpabilidad y de un juicio bien merecido. Todavía era un misterio oculto para ellos lo que debería hacerse para obtener perdón de esta terrible transgresión. ¿Cuál era “la justicia de Dios” que él les requería? ¿Deberían ir donde el sumo sacerdote y ofrendar un sacrificio en holocausto, y confesar su pecado? Esto habría sido impracticable. Caifás habría ofrendado sacrificio por ellos sobre el altar, pero no basado en semejante confesión; porque al confesarse ellos como pecadores por matar a Jesús, estarían acusando al sumo sacerdote como el principal culpable del crimen. ¿A qué, o a quién, habían de acudir en busca de una solución del “misterio”? ¿Quién podría desentrañarlo, y abrir para ellos la puerta de la libertad, y liberarlos de sus pecados?

El lector no está preparado para responder. Sólo el Espíritu Santo podía revelarles la justicia, porque Jesús se había ido al Padre (Juan 16:7, 10). Esto es cierto; y había llegado el tiempo de hacerlo. Pero, ¿cómo, por qué conducto, iba a hacer esto el Espíritu? ¿Había de ser por medio de palabras tronadas desde el cielo; por una vocecita apacible susurrada en sus oídos; por un sentimiento de que ellos habían sido perdonados; por palabras de inspiración habladas por lenguas de ángeles; o por boca del hombre? Después de lo que se ha dicho, el lector estará preparado para decir: ‘Las llaves del conocimiento, o el poder para revelar los secretos del reino del cielo, fueron encomendados a Pedro; por lo tanto, la nueva doctrina referente a la justicia, o justificación para la vida, había de ser revelada por medio de él’. Esto también es cierto, pero los “judíos devotos” ignoraban este arreglo; por lo tanto, en vez de dirigirse únicamente a Pedro, ellos preguntaron a todos los apóstoles, diciendo: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” (Hechos 2:37). Fíjese, lector, aunque la pregunta se hizo a todos, sólo uno de ellos, y esa única persona, Pedro, replicó a la pregunta. Él era el vocero de los doce, por cuya boca Dios había elegido que Israel debería oír la palabra del evangelio, y creer; o, como escribió Pedro: “El evangelio de la circuncisión  había sido encomendado a Pedro, en quién Dios había actuado para ese propósito” (Gál. 2:8).

La respuesta que dio Pedro anunciaba por primera vez, lo que los creyentes del evangelio del reino y en las cosas relacionadas con Jesús, deben hacer a fin de llegar a ser co-herederos con él en la promesa hecha a los padres. A estos devotos judíos, que ahora creían lo que tanto los profetas como los apóstoles habían hablado, los cuales estaban ahora humillados en su disposición como niños pequeños, prestos para oír, y ansiosos por hacer, lo que fuera que dictare el Espíritu; el poseedor de las llaves para desentrañar el misterio del evangelio, dijo: “ARREPENTÍOS y BAUTÍCESE cada uno de vosotros EN EL NOMBRE DE JESUCRISTO PARA LA REMISIÓN DE LOS PECADOS” (Hechos 2:38).

Nunca se había hecho antes un anuncio como éste. De esta manera, el “arrepentimiento y la remisión de los pecados” se predicaron en el nombre de Jesús”. Éste es el camino de justicia de Dios, y además de esto, no hay ningún otro camino de salvación: “No hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12). La salvación de parte de Dios está depositada en el nombre de Jesús; y este nombre está accesible al género humano sólo bajo la condición de creer “las cosas relacionadas con el reino de Dios y el nombre de Jesús”, y se bautizan en su nombre”. “El que crea y sea bautizado será salvo” es el irrevocable mandato del Hijo de Dios.

Las palabras del Espíritu por medio de la boca de Pedro llegaron al corazón de estos devotos judíos. Los que recibieron con alegría sus palabras fueron bautizados; y fueron añadidos a ellos aquel día como tres mil almas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, y en la hermandad, y en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hechos 2:41-42). Estos discípulos eran “como las primicias de sus criaturas” (Stg. 1:18), los cuales permanecen para siempre”.

Pero aunque el misterio del evangelio se dio a conocer de este modo en el nombre de Jesús, incluso Pedro, a quien le fueron dadas las llaves del misterio, no entendía “la DISPENSACIÓN del misterio”. Las llaves no le fueron dadas cuando Jesús pronunció esas palabras; ni ninguna de ellas le fueron dadas en el día de Pentecostés. El misterio se reveló primeramente a los judíos; y pasaron varios años antes de que se dijera, o se supusiera, que los gentiles serían admitidos como coherederos con Jesús a un nivel de igualdad con los judíos. Durante este período de cómo siete años , el cuerpo de Cristo consistía únicamente en creyentes israelitas, hijos de Abraham por medio de la carne y de la fe.

Sin embargo, al término de este tiempo, Dios determinó “visitar a los gentiles para  tomar de ellos  pueblo para su nombre”. Él resolvió misericordiosamente invitar a hombres de todas las naciones del territorio romano a que acepten el honor, la gloria y la inmortalidad, en el reino e imperio que se establecerá sobre las ruinas de todos los otros. Hasta ese momento, él sólo había invitado a su propio pueblo Israel a este elevado destino; pero ahora él estaba a punto de extender el llamado del evangelio a las naciones también.

Sin embargo, antes de que esto se pudiera llevar a cabo conforme a los principios establecidos en el plan de Dios, era necesario preparar a Pedro para la obra. Aunque era un apóstol, todavía era un judío, y tenía todos los prejuicios de los judíos contra los gentiles. Él consideraba “ilícito andar en compañía o acercarse a alguien de otra nación”. Los judíos no tenían tratos sociales con los gentiles ni con los samaritanos. Y si alguno sugería la conveniencia de ir a predicarles el reino de Dios y el Nombre de Jesús a los gentiles, éste sería categóricamente rechazado. Sin embargo, si él hubiera estado totalmente dispuesto, no habría podido hacerlo por diversas otras razones.

En aquellos días, nadie podía predicar a menos que fuera enviado; y como él no había sido enviado por Dios, su misión habría sido un fracaso. Entonces, él no sabía si Dios aceptaría a los gentiles en base a las mismas condiciones que los judíos, si, efectivamente él llegase a  admitirlos a una coherencia. Pero, la ley era un suficiente muro de separación para mantener separados a los predicadores judíos de los gentiles hasta que llegara el tiempo de Dios para levantar esa separación y juntarlos en “un solo cuerpo”.

De modo que Pedro tenía que ser preparado para la obra. La narración acerca de su preparación se halla en el décimo capítulo de Hechos. Se hizo un ataque directo a sus prejuicios. Él empezó a sentir mucha hambre alrededor de las 12 en punto del día. Mientras esperaba algo para comer en la azotea, le sobrevino un éxtasis. Mientras se hallaba en este estado, vio un gran lienzo lleno de toda clase de criaturas inmundas, emblemas adecuados y apropiados de la condición moral de los gentiles. En medio de esta crisis, el espíritu dijo: “Levántate, Pedro, mata y come”. Pero Pedro prefirió pasar hambre antes que contaminarse; y no quiso obedecer hasta que le fue repetido por tercera vez de que la distinción legal entre puro e impuro se había eliminado: “Lo que Dios ha limpiado, no lo llames tú común”.

La impresión que causó esta visión a Pedro está mejor expresada en sus propias palabras: Dios me ha mostrado que a ningún hombre llame común o inmundo, por lo cual, al ser llamado, he venido sin poner ninguna objeción. De esta manera le fue entregada la segunda llave del reino. Su uso era para dar a conocer la Dispensación del Misterio. Tan pronto como se hubo completado la preparación de Pedro, incluso mientras él seguía debatiendo dentro de sí el significado de la visión tres mensajeros gentiles enviados por Cornelio, un centurión del regimiento italiano,  llegaron procedentes de Cesárea para pedirle que lo visitara. El Espíritu le dijo a Pedro que fuera con ellos, sin dudar, porque Dios los había enviado.

Ahora bien, mientras Dios estaba preparando la menta de Pedro para una rápida obediencia,  él había enviado un mensajero a decirle a Cornelio que enviara a buscar a Pedro. El lector haría bien en reflexionar respecto al carácter de Cornelio antes de que lo visitara el ángel. Él no era un gentil pagano ni un inicuo pecador en peligro de caer en el fuego del infierno; sino un prosélito de justicia, o un adorador marginado del templo. “Era un hombre justo y devoto, y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, entre los cuales tenía buena reputación; y oraba a Dios siempre”. Ningún hombre, laico o eclesiástico puede surgir de cualquier secta moderna mejor que Cornelio. Él no era un perverso, fanatizado e ignorante discípulo de alguna secta; sino un hombre aprobado por el cielo, cuyas oraciones y limosnas ascendieron llegando ante el Señor como un recordatorio de él.

Pero, ¿por qué escribir tanto acerca del carácter de este excelente hombre? Porque un mensajero especial fue enviado desde el cielo para decir precisamente a este buen hombre, a este justo y devoto gentil, que mande buscar al apóstol Pedro, para que viniera desde Jope a decirle lo que debería hacer. Pero, como si esto no fuera suficientemente explícito, el ángel declaró que Pedro habría de venir y “te hablará palabras por las cuales serás salvo tú y toda tu casa”. Ahora bien, es digno de especial atención de parte de los religionarios de esta generación autocomplaciente, que esta persona justa no estaba en un estado de salvación bajo el nuevo orden de cosas: que él tenía que oír palabra y hacer algo por su salvación que hasta aquel tiempo él no había oído ni hecho. Y, además, tómese en cuenta que el ángel de Dios no tenía autorización para predicarle el evangelio a Cornelio; o, en otras palabras, decirle lo que debería hacer; o “las palabras por las cuales sería salvo él y toda su casa”. Él sólo podía decirle que enviara a buscar a Pedro.

En conformidad con ideas modernas, esto era totalmente innecesario; porque, afirma la ignorancia popular, se habría ahorrado tiempo y dificultades si el ángel le hubiera dicho a Cornelio de una vez lo que era necesario que tan excelente hombre debía creer y hacer, en vez de enviar tres hombres bajo el quemante sol a traer a Pedro a Cesárea. ¡Oh, qué interesante lección se halla en esta narración para los “clérigos”, “pastores”, y gente de estas épocas! Cómo los acusa de infidelidad al evangelio y pecaminosidad ante Dios; o, si se les reconoce su sinceridad, y, sin duda, hay entre ellos muchas personas honestas y bien intencionadas, que “erran al no conocer las Escrituras”; concedámosles, entonces, que sinceramente aman la verdad en lo abstracto; pero comparando sus credos, predicaciones y prácticas con los testimonios que se hallan en los capítulos segundo, décimo y undécimo de los Hechos, sin mencionar otros, qué condenados se hallan como vanos parlanchines y engañados líderes de ciegos. Es penoso escuchar las superfluas disertaciones de los textuarios que se inculcan al pueblo desde los púlpitos de nuestros días. Especulaciones teológicas sobre porciones aisladas de la Escritura sustituyen a las palabras de Pedro y de los otros apóstoles, únicamente por los cuales, incluso los “devotos” pueden ser salvos. Ellos hablan de la verdadera religión, del cristianismo primitivo, del evangelio, de las iglesias de Cristo, y de un ministerio evangélico, pero ¿dónde se pueden encontrar estas cosas, que reflejen los preceptos, precedentes y moralidad de “la religión pura y sin mácula” del Nuevo Testamento?

El cristianismo del Nuevo Testamento es el gran desiderátum del mundo protestante, el que, sin embargo, nos desespera observar incluso en teoría hasta que aparezca el Mesías en su reino, y abrogue toda denominación y nombre, los cuales ciertamente existen como una especie de policía eclesiástica, pero son perfectamente inútiles como instituciones capaces de adoctrinar al género humano con las cosas que se deberían creer y hacer, si ellos han de llegar a ser coherederos con Jesús del reino, gloria e imperio del Anciano de Días.

Entonces, por los testimonios recién señalados, aprendemos:

Que sólo la “piedad” y la moralidad, no salvarán a los hombres;

Que los hombres buenos y piadosos deben creer ciertas cosas y hacer otras para obtener la salvación;

Que estas cosas, indispensablemente necesarias para la salvación, están establecidas en las palabras que Pedro habló a sus contemporáneos;

Que las palabras de Pedro son la llave del misterio, y compañerismo, del evangelio del reino;

Que  no hay diferencia entre judíos y gentiles en relación con este misterio;

Que Dios había designado a hombres, y no a ángeles, para que predicaran el evangelio;

Que había de enviar a Pedro, porque sólo a él se le dieron las llaves;

Que, aunque sólo la piedad y la moralidad no pueden salvar, y también la fe, si no están acompañadas de frutos aptos para el arrepentimiento, no podrán dar a un hombre una herencia en el reino de Dios.

Cuando Pedro hubo llegado a la casa de Cornelio, anunció a todos los presentes, “todo lo que Dios le había mandado que dijera”. Después de haber declarado el gran descubrimiento que le dio a conocer el espíritu, que “para Dios no hay favoritismos” (Hechos 10:34, Versión NVI), “sino que en toda nación se agrada del que le teme (pero no con aquel temor “que es inculcado por los preceptos de los hombres”) y hace obras de rectitud” (tal como lo requiere Dios), él dirigió la atención de ellos a esa “PALABRA que Dios envió a los hijos de Israel por medio de Jesucristo”, predicando la paz. Les dijo que ellos estaban familiarizados con esa palabra; porque se publicó por toda Judea, empezando en Galilea después de la proclamación de Juan. Como ellos la conocían, no ocupó tiempo en repetirlo en detalle. El lector  sabe lo que era la palabra que Dios envió a Israel por medio de Jesucristo, porque ya hemos hablado de ella; pero, en caso de que lo haya olvidado, lo reiteraremos.

“Fui enviado”, dice Jesús, “a predicar el reino de Dios”. Éste era su mensaje a Israel. De ahí que en la parábola del sembrador, lo denomina “la palabra del reino”. Esta palabra era tan notoria para todos los que habitaban en la tierra de Israel que era tan familiar como posiblemente podría serlo cualquier otro asunto. También era conocido para cualquier persona que Jesús fue ungido, o bautizado, con el Espíritu Santo cuando Juan lo bautizó en el Jordán. ; y que él anduvo haciendo el bien y sanando las enfermedades de la gente; y nadie sabía mejor que los centuriones romanos, que él fue inmolado y colgado de un madero. Éstos eran asuntos de notoriedad y creencia conocidos en la comarca. Una fe mucho más completa que la de la gente moderna; pero sin embargo impotente ante la justificación de Cornelio y su casa. Todavía más palabras habían de serles impartidas.

Por lo tanto, Pedro afirmó que Dios lo había resucitado; y lo mostró abiertamente, no al público en general, sino a ciertos testigos elegidos previamente para el propósito, a los apóstoles, quienes posiblemente no podrían haber sido engañados, porque ellos comieron pescado y pan con él, y bebieron con él, después de que fue levantado de entre los muertos. Ellos oyeron esto y lo creyeron. Lo siguiente que les declaró fue que Dios los había enviado a predicar al pueblo de Israel, y a testificar, que Jesús era a quien Dios había designado para que fuera el Juez de vivos y muertos (2 Tim. 4:1). Ahora bien, dijo Pedro, ésta era la dispensación del misterio. “De él dan testimonio todos los profetas, de que TODOS  los que crean en él RECIBIRÁN REMISIÓN DE PECADOS POR SU NOMBRE”.

Ésta era doctrina nueva para los gentiles. Ellos la habían oído antes cuando se predicaba a los judíos; pero ahora oían por primera vez que “todos los que crean”, sean judíos o gentiles, recibirían remisión de pecados por medio de su Nombre. Pedro les había expresado una franca y sencilla declaración de la verdad. A esto él llamó predicar el “arrepentimiento y remisión de pecados en el nombre de Jesús”. No hubo sermones o lectura de textos, ni rascadura de oídos; todo se entregó de una manera concisa y digna, lo que llevaba la impresión de la verdad desde su comienzo mismo. Pero, él no sólo abrió el misterio del evangelio del reino a los gentiles, sino que les predicó el evangelio con el Espíritu Santo que bajó del cielo”; porque “mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu santo cayó sobre todos los que oían la palabra”. Cuando los seis cristianos judíos, que acompañaron a Pedro, vieron esto, quedaron atónitos porque el don del Espíritu Santo se había derramado sobre los gentiles como lo fue sobre los apóstoles mismos en el día de Pentecostés. Ellos no podían equivocarse en esto, porque “los oían que hablaban en lenguas y que magnificaban a Dios”.

Entonces, aquí se había predicado la palabra, y la palabra confirmada por el Señor que obraba con Pedro. Nadie que oyera el relato de estas cosas podría dudar  por un momento, que “Dios había purificado su corazón por medio de la fe”, y los había aceptado.  Pero aún faltaba algo. Pedro les había hablado acerca de la remisión de pecados por medio del nombre de Jesús a todos los que crean en él; pero no había informado a estos creyentes respecto a cómo podían ellos beneficiarse de este Nombre omnipotente. ¿Cómo habían de ser lavados, santificados y justificados por este Nombre?  ¿Cómo habían de tomarlo sobre sí? ¿De qué manera había de ser nombrado sobre ellos? El apóstol dice que cuando el Espíritu cayó sobre ellos, él recién había “empezado a hablar”. Si no hubiera sido interrumpido por esta extraordinaria efusión, sin duda él se habría explicado plenamente sobre este punto; porque, no sólo se le había mandado predicar el nombre de Jesús, sino mandar a los creyentes a que se bautizaran “EN EL NOMBRE [EIS TO ONOMA] del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19).

Aquí, entonces, está un asunto muy importante. El NOMBRE DE JESÚS está colocado en la institución de la inmersión, basado en una creencia inteligente semejante a la de un niño acerca de “las cosas del reino de Dios, y el nombre de Jesucristo”. Dios siempre ha colocado su Nombre en sus instituciones. Bajo la ley él lo colocó en Tabernáculo, y después en el Templo de Jerusalén; pero, bajo la gracia, él lo ha colocado en su bautismo como acabamos de definir, en conformidad con lo cual podemos “adorar en espíritu y en verdad”, sin ir a Jerusalén o a Samaria. Cornelio y su casa estaban en Cesárea, y en una casa privada. Pedro no requirió que ellos fueran a Jerusalén, o a una sinagoga, para adorar, o rendir homenaje a Dios en espíritu y en verdad. Ellos habían creído la verdad que habló el Espíritu por medio de Pedro; y esperaban el mandato del Espíritu respecto a la manera en que ellos obrarían la justicia de Dios, manejándose con precaución, debido a sus seis hermanos de la circuncisión que lo acompañaban, preguntó: “¿Acaso puede alguno impedir el agua para que no sean bautizados éstos que han recibido el Espíritu santo también como nosotros?”.

Por esta pregunta aprendemos que hubo casos en aquellos días  en los que el uso del agua estaba prohibido o considerado impropio. Los apóstoles no predicaban el agua a la gente como lo hacen las personas modernas. Ellos no permitían que nadie tuviera acceso al agua a menos que creyeran que el postulante era una persona apropiada. Algunas veces fueron engañados, pero no fue por culpa de ellos; ellos se esmeraban por cumplir su deber fielmente. Si un hombre no creía en el evangelio del reino de Dios y en el nombre de Jesucristo, no lo bautizaban; porque se les había ordenado que “el que no crea será condenado”, es decir, no sería liberado de sus pecados en el nombre de Jesús.

     Los que bautizan por aspersión a los niños hacen bien al negarse al bautismo por inmersión; y los bautistas hacen mal al presionarlos para que lo acepten. Porque los bautizantes de niños no creen en el evangelio del reino, y tampoco tienen el espíritu del evangelio; y por lo tanto, no están aptos para ser bautizados por inmersión. La institución del nombre de Dios no debería ser profanado por el bautismo de semejantes incrédulos en su fórmula bautismal. Debería impedírseles el agua. No es el agua, sino la fe, lo que ellos necesitan en el presente; esa fe que purifica al corazón, como la que poseían Cornelio y su casa, y “sin la cual es imposible agradar a Dios”.

No puede decirse que los paidorhantists (de paide – niño pequeño y rantistai, rociadores, es decir, bautizantes rociadores de niños pequeños) empleen muy poco agua; una gran ofensa contra el alto cielo que ellos cometen es hacer infinitamente demasiado caudal de ello. La eficacia que los apóstoles ponían en la fe que purifica al corazón y en el nombre de Jesús que purifica a la conciencia, ellos colocaban en unas pocas gotas de agua “santa” o común, y una regeneración física de un hipotético principio sobre la carne. Ellos no requieren fe, ni arrepentimiento, ni confesión para calificar a sus candidatos para el agua y la fórmula del Nombre. Ellos le piden a un bebé de ocho días, con padrinos y madrinas, cuyo carácter ni siquiera lo investigan, que responda preguntas que muy a menudo ellos mismos no entienden, y con frecuencia no tienen intención de ajustarse a tales requerimientos; o, prescindiendo de estos dioses impíos, le dan a la criatura una fe de padres sustitutos en los dogmas de una secta, y eso sería suficiente.

Los “ministros” bautizantes de niños pequeños, con solemne burla del santo y augusto nombre del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, rocían el rostro del frágil inocente y proclaman impíamente a la gente que ¡ese es el “único bautismo” de la religión de Cristo”! ¿No es sorprendente que Dios haya tolerado esta blasfemia por siglos, no haya desgarrado los cielos con indignación contra ellos? Grande es en verdad la tolerancia del Altísimo; pero finalmente llegará el tiempo en que su paciencia se agotará. ¡Qué increíble es la presunción de tales personas! Ellos dicen: ¡‘El pueblo de Dios somos nosotros’! Pero ellos son infieles a las palabras de Pedro porque no lo son; y han cambiado la ordenanza de Dios haciéndolas despreciables. Una comunidad rociada, pero no bautizada es la inmensa mayoría del  mundo profesante; y, por lo tanto,  “sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel, y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”.  Aquellos que honran a Dios, él los honrará; pero aquellos que buscan el honor entre ellos, y profanan su nombre, están engordando su corazón para el día de la masacre; y son aptos sólo para ser capturados y destruidos.

Cornelio y su casa difieren de estos en su totalidad. Todos creyeron las palabras de Pedro, y esperaban sus mandatos. Él había preguntado si había algún presente que, a la luz de lo que vieron y oyeron, pudiera “impedir el agua, para que no sean bautizados éstos”. Sin duda, él esperó un tiempo razonable para que pudieran presentar objeciones, si es que pudiera haber alguna. Pero todos los prejuicios judíos quedaron abolidos por la “demostración del Espíritu”, y guardaron silencio. Habiendo llegado la situación a este momento crítico, sólo faltaba que el espíritu de Dios pronunciara la palabra. Por lo tanto, Pedro abrió la boca y “les MANDÓ que fueran  BAUTIZADOS EN EL NOMBRE DEL SEÑOR JESÚS”.

De esta manera, usó Pedro las llaves del reino del cielo que le había dado el Señor Jesucristo. Cuando hubo llevado a cabo esta obra, el dejó de poseer el poder de las llaves. Éstas fueron transferidas a la multitud de los creyentes judíos y gentiles. El espíritu había revelado el misterio del reino y la dispensación del misterio, por boca de Pedro en Pentecostés y en Cesárea; de modo que las llaves llegaron a ser propiedad común de todos los creyentes. El Señor, “el que tiene la llave de David, el que abrió y ninguno puede cerrar” (Apoc.  3:7-8). Él había puesto delante de los gentiles “una puerta abierta y nadie puede cerrarla”,  en tanto las Escrituras estén en manos del pueblo. El falso profeta puede tener llaves colgando de su cintura y afectar al poder del Hijo de Dios; pero mientras estén accesibles “LA LEY Y EL TESTIMONIO”, “el que tenga sed, venga; y el que quiera, tome gratuitamente del agua de la vida”. Las Escrituras contienen las llaves. Papas, sacerdotes, clérigos, y ministros pueden suprimir, torturar, y alterar la verdad, y poner obstáculos en el camino; pero el hombre que rechaza la autoridad de ellos, y piensa por sí mismo, puede, por la  eficacia iluminadora de la palabra viva, llegar a ser “sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús”. Que la gente se ayude a sí mismo, si quiere que le ayude Dios.

Por lo que se ha avanzado hasta aquí es manifiesto que “la palabra del reino” se nos presenta  en las Escrituras en una relación triple:

1.  Como en el evangelio que se predicó a Abraham, etc.;

2.  Como en el mismo evangelio que se predicó en el nombre de Jesús en Pentecostés, o en el misterio del evangelio del reino; y

3.  Como en la dispensación del misterio del evangelio predicado primeramente por Pedro a los gentiles incircuncisos; y después por Pablo a los adoradores de ídolos.

No hay tres evangelios, sino uno y único evangelio, como ya se ha señalado; originalmente, toda promesa; después promesa, historia, y doctrina predicada sólo a los judíos;  y posteriormente, ofrecido a los gentiles en base a las mismas condiciones que a los judíos. Pero, aunque he presentado estas cosas con cierta minuciosidad, el lector sentirá que todavía el tratado está incompleto mientras no exponga las cosas relacionadas con “el reino de Dios”, al cual se ha hecho referencia con tanta frecuencia, como el grandioso tema del “evangelio de gloria del Dios bendito”; y sin cuyo conocimiento la fe de un hombre queda destituida de la “esperanza de vuestra vocación”, que es “la segura y firme ancla del alma,  que penetra hasta dentro del velo” de Cristo Jesús, el cual está allí esperando “recibir el reino y volver”. Entonces, éste será el tema de futura ilustración, en la esperanza que lo expondremos de manera muy clara “para que corra el que lea en ella”.  Ahora procederé a decir algunas palabras acerca de la

SUCESIÓN APOSTÓLICA

Los “teólogos” contienden que el manto de los apóstoles cayó sobre los ancianos, u obispos, de las iglesias que les sobrevivieron; que estos supervivientes eran “los sucesores de los apóstoles” y que cuando éstos murieron, el manto apostólico cayó sobre aquellos que los sucedieron en sus oficios en las iglesias, los cuales fueron investidos por la imposición de manos; y que de esta manera, de generación en generación hasta el día de hoy, la sucesión ha sido perpetuada por la institución de ordenación, o las “santas órdenes”; de modo que las órdenes vivientes del poder eclesiástico, compuesto del Papa, cardenales, obispos, sacerdotes, y ministros, son los “sucesores de los apóstoles”, investidos de igual autoridad y poder en las iglesias, y con derecho a la misma obediencia y consideración.

Ellos fundan su derecho a estas pretensiones en ciertos pasajes de la Escritura referentes a los apóstoles y a sus colaboradores, los cuales se los aplican a sí mismo, y sostienen que la gracia del oficio se ha trasmitido de uno a otro por medio de la imposición de ¡“santas manos”! De este modo, cuando un  aspirante a la sucesión apostólica se presenta ante un obispo para su ordenación, este último dice con este propósito: “Recibe el Espíritu Santo por la imposición de mis manos para el oficio, u obra, de sacerdote, en la casa de Dios; a quienquier que le remitas sus pecados, éstos serán remitidos, y a quienquiera que le retengas sus pecados, éstos le será retenidos”. Esto dice el artículo 36 de la religión nacional, “no tiene nada en sí mismo que sea supersticioso o impío”.  En virtud de esta consagración y ordenación, la absolución, o remisión de pecados, es pronunciada por el sacerdote que se sitúa en medio de la gente, los cuales se arrodillan para recibirla; y en la forma se declara que “el Dios Todopoderoso ha dado poder y mandamiento a sus ministros para declarar y conferir a su pueblo arrepentido la absolución y remisión de sus pecados”.  Así, el gobierno nacional del clero anglicano afirma que los atributos apostólicos de perdonar y retener pecados, de atar y desatar, como los papistas; sin embargo, con esta modificación de que ellos perdonan pecados de manera general, mientras que estos últimos lo hacen tanto de  manera masiva  como casos individuales. De este modo, el clero nacional como el papal hablan blasfemias continuamente (Mateo 9:2, 3, 6).

Pero el clero estatal no está solo en su pretensión de apostolismo; los disidentes [el clero protestante] son condenables por la misma razón.  Afirman ser embajadores de Jesucristo; y no permiten que nadie “administre las ordenanzas”, los cuales no son ordenados por la imposición de manos. Los ordenados no pretenden perdonar pecados a la manera de los apóstoles; pero se aplican a sí mismo pasajes que se refieren únicamente a los apóstoles, mediante los cuales se autoconstituyen sus “sucesores”.

Pero la verdad es que ni los clérigos estatales ni los inconformistas están facultados para ser considerados como “sucesores de los apóstoles”. La naturaleza del oficio puede entenderse por medio de las calificaciones del poseedor del oficio, el cual era indispensable. Por lo cual se les puede considerar como:

1. Un apóstol de Cristo para la circuncisión debe ser uno que haya acompañado al Señor Jesús desde su bautismo hasta su ascensión; siendo así testigos de su resurrección (Hechos 1:21, 22, 8);

2. Un apóstol de Cristo para los gentiles debe haber visto a Jesús, y haber conversado con él al igual que los anteriores (1 Cor. 9:1);

3. Un apóstol debe ser elegido, ordenado y enviado por el Señor (Juan 15:16); y autorizado por él para perdonar y retener pecados (Juan 20:22, 23);

4. Un apóstol debe estar capacitado para realizar milagros, maravillas y hechos portentosos como señales de su apostolado (2 Cor. 12:2);

5. Para que un hombre sea un apóstol debe haber creído en el genuino evangelio del reino de Dios (Gál. 1:8), haber sido bautizado por inmersión (Lucas 7:29; Hechos 22:16), y andar conforme a la verdad del evangelio (Gál. 2:14).

Con estas calificaciones, los trece apóstoles (apostoloi, hombres enviados con una comisión) dirigieron los asuntos de las iglesias que ellos habían formado y establecido en el mundo. Su administración era en realidad la administración del espíritu a través de ellos; así que en la palabra de ello estaba el poder (1 Cor. 4:20, 21) para sanar enfermedades, infligirlas (1 Cor. 5:4; Hechos 13:11), y destruir la vida (Hechos 5:9, 10). Ellos conferían dones espirituales a los creyentes por medio de la imposición de manos (Hechos 8:14-18), y daban mandamientos a los fieles como vicegobernantes del Señor (Hechos 8:14-18). Pues bien, la razón y el sentido común enseñan que si los hombres son verdaderos sucesores del apostolado, deberán ser como Pedro y Pablo en todas sus calificaciones y atributos; pero la razón también enseña que, después de la ascensión de Jesús, ninguno puede estar calificado para ser apóstol a menos que se le aparezca el Señor, como en el caso de Pablo.  Pero la verdad es que esta pretensión de una sucesión apostólica es tan infundada como la pretensión del clero de la apostasía de cobrar diezmos sobre la base de su sucesión a los derechos del sacerdocio levítico. Si les fuera concedido la categoría de apóstol, sólo sería como “falsos apóstoles, obreros fraudulentos,, que se hacen pasar por apóstoles de Cristo. Y no es de extrañar”, continúa diciendo Pablo, “porque Satanás mismo se hace pasar por ángel de luz. Así que, no es extraño si también sus ministros se hacen pasar por ministros de rectitud, cuyo fon será conforme a sus obras” (2 Cor. 11:13).

El argumento de estos pretendidos apóstoles es que el Señor prometió estar con ellos siempre, hasta el fin del mundo. Ellos sostienen (aunque, como hombres eruditos, deberían estar mejor informados) que la frase “fin del mundo” indica un período de tiempo que es aún futuro; y, por lo tanto, que Jesús se refería no sólo a los apóstoles, sino también a sus “sucesores”. Es por eso que ellos argumentan que ellos aún tienen que ejecutar el mandato que dice: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”.

Pero a esto yo objeto, primero, que el fin del mundo al cual se refería Jesús ya llegó hace más de 1800 años; segundo,  que la obra encomendada a las personas que se indica en el texto fue llevada a cabo completamente por los apóstoles; tercero, que el Señor no está con aquellos que pretenden ser sus sucesores; cuarto, que las actuales generaciones no pueden ejecutar el mandato porque ignorar absolutamente el evangelio; y, por lo tanto, no pueden ser las personas que ahí se mencionan.

En primer lugar, el Señor Jesús no usó la frase “hasta el fin del mundo”, en el sentido común del idioma castellano. Él dijo a los once: “He aquí yo estoy con vosotros todos los días, pasas tas hemeras, hasta el fin de la era”. Aquí se indican ciertos días, los cuales están comprendidos en el período que transcurre desde el tiempo en que Jesús hizo la promesa hasta el fin de la era. Pablo llama a estos días: “estos postreros días” (Heb. 1:2), a los cuales él caracteriza como aquellos en los que Dios habló a los israelitas por un hijo, así como aquellos días en los que él estaba escribiendo a los hebreos algunos treinta años después. “Estos postreros días”, dice él. Pues bien, a los días tomados colectivamente, él los denomina conforme a la versión castellana, “el fin del mundo”; como está escrito, “pero ahora, en la consumación de los tiempos [o sea, en el fin del mundo], Jesús se ha presentado una sola vez y para siempre para anular el pecado por medio del sacrificio de sí mismo” (Heb. 9:26). Por la observación en el texto, el lector percibirá fácilmente que el  mundo del que se habla era aquel con el cual Jesús quedó vinculado por medio de la muerte. Que este mundo estaba llegando a su término cuando él fue crucificado; pero, si “el mundo” se ha de tomar en el sentido común del idioma castellano, entonces Pablo estaba equivocado al decir que Jesús se sacrificó al final del mundo; porque seguramente ese período no era el fin del mundo, el cual ¡pasó hace ya más de 1800 años! Pero la verdad es que Pablo estaba perfectamente preciso en lo que escribió. Él no sabía nada acerca del sentido común del idioma castellano de sus palabras; porque no había ni castellanos ni palabras castellanas en sus días. Él escribió hebraísmos en palabras griegas; es decir, él puso en palabras griegas las cosas que Dios había enseñado a Israel. Él escribió “las cosas del espíritu” en las palabras del espíritu seleccionadas de entre el idioma griego. Lo que él dijo en el texto que estamos tratando fue: "en la consumación de las eras, se ha presentado una sola vez y para siempre episunteleia twn aiwnwn, para anular el pecado por medio del sacrificio de sí mismo”. La constitución del Monte Sinaí fue la fundación del mundo hebreo, o kosmoV; porque puso en orden, o dispuso, las cosas pertenecientes a Israel, como un sistema sui generis. Este sistema tenía tiempos peculiares propios que fueron establecidos cuando se promulgó la ley. ‘Estos se denominan en la Escritura como  aiwneV, es decir, aions, de aeí = siempre y wn = paso. La etimología aiwn no expresa la duración del tiempo; su continuidad está definida por la Ley Mosaica. La comunidad hebrea bajo la constitución sinaítica no tenía por propósito continuar para siempre. El tiempo de su existencia estaba predeterminado por Dios, pero no se revela en la ley, o en los profetas, sino que está “puesta en su sola potestad” (Hechos 9:26). Se denomina aiwn, y su terminación que se aproxima, sunteleia tou aiwnoV, el fin del tiempo, es decir, de la comunidad hebrea, bajo la Ley Mosaica. Pero, aunque la duración precisa de este tiempo grandioso (1.697años) se mantuvo secreta; los tiempos menores, o aiwneV, aions, de los cuales se compone, se especificaban de una manera muy minuciosa como en el caso de los jubileos, de modo que la totalidad del tiempo de la comunidad fue el aiwn twn aiwnwn, el aion de los aiones, el tiempo de los tiempos, o la era de las eras. De ahí que, aunque el Señor Jesús designó la consumación como el fin de los tiempos, Pablo lo indicaba como el fin de los tiempos, o eras.

Que la entrega de la ley fue el comienzo del aiwn, o mundo hebreo, es obvio por las palabras de Pedro. Dirigiéndose a los hombres de Israel, dijo: “Y él [Dios] envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado; a quien de cierto es menester que el cielo reciba hasta los tiempos (cronwn) de restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas ap' aiwnoV, de la era. Porque Moisés dijo a los padres”, etc. (Hechos 3:20, 21).

En la versión del Rey Santiago, ap’aiwnoV se vierte como “desde que empezó el mundo”. Si se prefiere esta traducción, es evidente que el mundo que aquí se menciona era contemporáneo en su principio con Moisés, porque a él se le cita como el primero de los santos profetas por cuya boca Dios habló acerca de la reconstitución de la mancomunidad hebrea en la aparición de Cristo desde el cielo. Pablo se refiere a la misma época, diciendo: “La dispensación del misterio escondido en Dios, apo twnaiwnwn, desde los siglos”; en otras versiones “desde el principio del mundo” (Efe. 3:9). Desde el principio de siglo, o de los siglos, es la traducción correcta del griego en estos textos. Ambos se refieren al principio de la mancomunidad de Israel cuando se les dio la ley en el Sinaí.

Hablando en nuestro idioma castellano con claridad, Dios prometió al hombre vida eterna desde antes del principio del mundo. Semejante declaración sería incomprensible para un lector hispano común; pero esa es la importancia de la frase: “La vida eterna, que Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los tiempos (pro cronwn aiwniwn); y a su debido tiempo (kairoiV idioiV) manifestó su palabra por medio de la predicación” (Tito 1:2-3). ¿A quién se la prometió? Ciertamente a ninguno antes de la formación del hombre. Por lo tanto, el mundo que se menciona no puede ser el que se fundó en los seis días, sino a una constitución de cosas que ocurrirían mucho tiempo después. Una traducción literal elimina toda dificultad. La frase pro cronwn aiwniwn es desde antes de tiempos inmemoriales; es decir, antes de que se organizara la mancomunidad hebrea, Dios prometió vida eterna; y en kairoiV idioiV, en sus propios tiempos, tales tiempos, a saber, están particularizados en Daniel (Dan. 9:24, 26). Él manifestó su palabra que antes había sido un misterio oculto (Rom. 16:26) por medio de la predicación apostólica.

En la parábola del sembrador (Mateo 13:37-40) las palabras “el mundo” se usa en diferentes sentidos que no se notan en las versión en castellano. Aquí dice Jesús que “el campo es el mundo”. ¿Se refería a “la tierra habitada”?, la “época”, o a los israelitas? Porque la palabra mundo se aplica a ellos tres. Si se hubiese aplicado al primero, habría dicho: “El campo es el olh h oikoumenth; si se refería al segundo: “El campo es el aiwn”; y si fuese al tercero: “El campo es el kosmoV”. Esto último es lo que corresponde en este caso. Él se representa a sí mismo como el sembrador; y dice que la semilla que él sembró era “la palabra del reino”; que era una “buena semilla”; y que él la sembró en el corazón de los israelitas, o “hijos del reino, de los cuales había dos clases: la buena y la mala (Mateo 8:12).

‘Estos eran, pues, el campo, y por lo tanto, el kosmoV, o la gente del mundo. Pero el enemigo sembró cizaña en el campo, la cual había de ser atada y quemada. Esta conflagración había de ocurrir al tiempo de la cosecha, respecto a lo cual dijo Jesús: “La cosecha es el fin del mundo”. ¿Se refería a las naciones del mundo? No; por lo tanto usó otra palabra, a saber, aiwn en vez de kosmoV. La cosecha había de ser al final del aion sunteleia tou aiwnoV; y no al término del kosmos, o exterminio de la nación de Israel entre las naciones. La extinción de Israel de la tierra nunca ocurrirá; aunque una completa extinción se hará a todas las otras naciones.

Pero, ¿al final de qué aion había de producirse la cosecha? Jesús replica: “Como se arranca la cizaña y se quema en el fuego, así será aion sunteleia tou aiwnoV; al final de esta era. Es decir, al final del aion en el que él vivió. Entonces él enviaría a sus segadores, a saber, los romanos, sus ángeles, o mensajeros (aggeloi) de destrucción, para “recoger de su reino” de Judea a todos los hijos de Israel semejantes a la cizaña y los arrojarán en el sitio del Señor, “cuyo fuego está en Sión y su horno en Jerusalén” (Isaías 31:9), donde habrá llanto y crujir de dientes. Cuando esto se lleve a cabo el aion habría terminado, y la mancomunidad de Israel “no será más hasta que venga aquel de quien es el derecho de reinar” (Ezeq. 21:25—27). “Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre”.

Cuando Jesús estaba sentado en el Monte de los Olivos, sus discípulos le preguntaron, diciendo: “¿Cuál será la señal del fin de la era -- ti to shmeion thV sunteleiaV tou aiwnoV, o, en otras versiones, "del fin del mundo"? Él replicó: “Será predicado este evangelio en todo el mundo (en olh th oikoumenh -  en la tierra habitada), para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:3, 14). Habiendo dicho esto, les dio “la señal”, o sea, la instalación  de la abominación de desolación en el lugar santo, o ciudad santa, como lo predijo Daniel (Dan. 9:26-27). Entonces, primeramente, los apóstoles habían de predicar el evangelio plenamente a toda criatura; y, después de eso, había de aparecer la señal. ¿Llevaron los apóstoles a cabo su misión, o todavía falta cumplirla? Sus supuestos sucesores dicen: “No, no lo hicieron”. Ellos sostienen que hay inmensas regiones que eran desconocidas para los antiguos, donde nunca se predicó el evangelio; y, por lo tanto, como se ha de predicar a toda criatura, a ellos les corresponde hacerlo; y que el fin del mundo no vendrá ¡hasta que ellos hayan convertido a todas las naciones al cristianismo! De ahí que ellos han establecido sociedades para la propagación de la fe, tanto romanas como protestantes. Cada secta importante tiene su sociedad misionera cuya especulación utópica es la conversión del mundo ¡bajo la garantía de la comisión apostólica! Como si un mandato dado a los apóstoles de que prediquen el evangelio del reino fuera un mandato dado a los misioneros modernos para que vayan  a predicar acerca de la iglesia establecida y de los disidentes, el calvinismo, y el arminianismo a todo el mundo. Pero los apóstoles no fueron enviados a “todo el mundo” según la acepción gentil de la frase. Ellos fueron enviados a todas las naciones del mundo que en aquel tiempo estaba habitado o civilizado; principalmente, y casi exclusivamente, se hallaba comprendido en los límites del dominio romano. Ni fueron enviados con la idea de convertirlos al evangelio a nivel nacional; sino a predicarlo eiVmarturian, como un testimonio; es decir, para su información, a fin de que los discípulos fueran conocidos entre ellos; de manera que de ahí pudiera sacarse un pueblo (ex eqnwn) para la administración de los asuntos del reino e imperio de Dios sobre la tierra (Hechos 15:14). Los apóstoles no dejaron nada a supuestos "sucesores" para que actuaran según la comisión que fue dada a los apóstoles. Ellos predicaron el evangelio a “toda criatura” de las  naciones romanas; si no en el sentido gentil de “toda criatura”, al menos en el sentido de la frase tal como lo usó el Señor Jesús.

Creo firmemente en este punto, porque tengo el respaldo del testimonio directo de la Escritura, el cual tiene más valor que todas las teorías y toda la lógica de las grandes escuelas. El apóstol, al hablar de “una misma esperanza de vuestra vocación” (Efe. 4:4), contenida “en la palabra verdadera  del evangelio”, dice a los creyentes colosenses (Col. 1:5) que “había venido… a todo el mundo (parontoV en panti tw kosmw) en el sentido de “toda criatura”, tal como aparece en otro versículo del mismo capítulo (v. 23). En este lugar dice: “la esperanza del evangelio que fue predicada a toda criatura que está debajo del cielo”. Esto fue el resultado de unos treinta años de labor apostólica; porque la epístola en la cual él hace esta declaración se cree que fue en el año 62 a.C., lo cual ocurrió como ocho años antes que apareciera la abominación desoladora delante de los muros de Jerusalén como “la señal” del fin de la era.

El evangelio del reino, que los apóstoles predicaron con tanta eficiencia, poco después fue corrompido por “hombres de mente corrupta” (1 Tim. 6:5; 2 Tim. 3:1-8; 4:3-4; Tito 1: 10-14); a los cuales Pablo, que era muy severo, aunque no demasiado, con esta clase de profesores, se refiere a ellos como “espíritus engañadores… que con hipocresía hablarán mentira, teniendo cauterizada la conciencia” (1 Tim. 4:1-3). Que el lector se sirva consultar las referencias ya señaladas. Estos personajes eran los “sucesores” de los cuales se han originado los modernos apóstoles y embajadores de Cristo. Cuando la mancomunidad hebrea fue destruida por los romanos, ellos afirmaron que eran los sucesores de los sacerdotes y levitas de la ley, así como de los apóstoles. De este modo, ellos unieron un sacerdocio mundano (porque todos los discípulos de Cristo son reyes y sacerdotes elegidos para el propósito  del reino que se aproxima) con los dignatarios católicos; y se convirtieron en un orden distinto no reconocido por las Escrituras, por las cuales ellos son repudiados como “réprobos acerca de la fe”. Este orden de hombres, de lo cual ya he hablado en otro lugar, tuvieron la presunción de autonombrarse la herencia de Dios, o, el “clero”; ¡como si él se deleitara en ellos por sobre todos los otros profesores!  Pero a pesar de todas sus oraciones, predicaciones y dedicaciones, ni ellos ni sus sucesores aman al Señor; porque ellos no le obedecen; y él ha establecido la obediencia como prueba del amor, porque así está escrito: “El amor es el cumplimiento de la ley”. Ellos corrompieron y perpetuaron las perversiones de la fe de era en era; por lo tanto, dice la Escritura: “El que no ama al Señor, sea anatema cuando venga el Señor” (1 Cor. 16:22; Gál. 1:8, 9; Mateo 7:21-23).

Por la influencia ministerial de esta dinastía de hombres multitudes se apartaron de la fe; y por su ascensión al poder municipal y estatal quedaron facultados para dar existencia política la apostasía que ellos habían consumado. Es innecesario narrar la historia de sus perversas acciones desde el principio hasta la época actual. Se requerirían volúmenes para hacer justicia a su ignorancia, hipocresía y crímenes. Como policías eclesiásticos ellos han mantenido al mundo bajo control a disposición y uso de los opresores y destructores de la tierra; y han usado al pueblo para su propio beneficio con el pretexto de “curarles el alma”. 

Pero, aunque esto es innegablemente cierto en esta casta, me siento en libertad de admitir que ha habido, y sin duda hay, muchos hombres sinceros, honestos y morales que llevan los nombres de “clérigos” y “ministros”; muchos que conscientemente creen que sus teorías son el verdadero sentido de la Escritura; y los cuales sufrirían la pérdida de todas sus pertenencias, y la vida misma, antes que renunciar a lo que ellos creen que es la verdad. Ha habido muchos así, y posiblemente todavía los hay, si surgiera la ocasión en que fuese necesario que se pronuncien. Éstos son hombres que van adelante de los sistemas que los creó como “clérigos” y “ministros”. Su posición es desdichada. Fueron creados por el sistema, y ellos conscientemente apoyan y perpetúan el sistema, habiendo sido adoctrinados por sus predecesores en la creencia de que el sistema es ¡es la religión de Dios! Pero tengo la esperanza de que si este libro cae en las manos de esta respetable clase de maestros puede jugar un papel decisivo en abrir sus ojos para que vean el engaño de que han sido objeto debido a las tradiciones de sus padres.

La sinceridad, la honestidad, la piedad y la moralidad son buenas cualidades sin las cuales nadie puede ser salvo. Admito que ellos tienen todo esto. Pero deberían recordar que Cornelio era un hombre tan digno de estima como ellos; y tenía la ventaja sobre ellos en que su carácter fue atestiguado por Dios por la boca de un mensajero especial venido del cielo; mientras que ellos no tenían otra garantía más allá de lo que es puramente humano. Ahora bien, la piedad y el temor de Dios no salvó a Cornelio; estas cualidades sólo lo encomiaban ante la presencia de Dios. Fue necesario que él creyera las palabras y se bautizara en el nombre del Señor, como ya lo he mostrado. Estas palabras eran el evangelio del reino de Dios y su Cristo. Esta necesidad nunca ha sido abrogada. Está en plena vigencia hasta el día de hoy. El clero y los ministros no lo creen. Se burlan de gran parte de ella tildándola de “la hipótesis milenaria”. Si ellos llegaran a entrar en el reino de Dios, deberán creer la doctrina referente al reino de Dios. Sufrir martirio por causa de sus opiniones no es substituto de “la obediencia a la fe”. Es un autoengaño decir que Dios está con nosotros hasta el fin del mundo si no entendemos ni creemos ni obedecemos la verdad. 

Finalmente, el clero y los ministros contemporáneos, siendo absolutamente ignorantes del evangelio del reino, claramente no son las personas a que se refiere la comisión. El Señor no está “con ellos”; y sin su cooperación ellos nada podrían hacer para ser iluminados y fieles como los apóstoles (Juan 15:5). Ellos señalan lo que “han hecho” entre los paganos en prueba de que el Señor está “con ellos”. Pero allí no se ha hecho nada como debería hacerse; o, como se hicieron las cosas cuando el Señor trabajó con los apóstoles. Sus sociedades misioneras son tan sólo muchas instituciones para la enseñanza intelectual, moral y social a los paganos en la civilización de religionarios europeos y americanos. Ellos convierten a los nativos en protestantes y católicos; pero no pueden ir más allá de esto. Pueden extender la civilización de Jafet hacia las tiendas de Sem, y obligar a Cam a que sea siervo de ellos; pero engendrarlos en Cristo Jesús por medio del evangelio, y así inducirlos a entrar en la herencia del reino de Dios, es algo que ellos podrían realizar tan sólo cuando pudieran calmar al embravecido mar. Si por sus esfuerzos pudieran hacer a toda la tierra como Inglaterra y los Estados Unidos, aún tendrían que ser convertidos a la religión de Cristo.

Los eclesiásticos han hecho todo lo que han podido hacer en comunidades “civilizadas”. No tienen poder para perseverar entre éstos; y hombres  de mentes fuertes por naturaleza son o indiferentes a sus ministerios o las han repudiado del todo. Ellos carecen de una cosa, o sea, del conocimiento de “la verdad que está en Jesús”. Por falta de esto ellos ocupan la mente de las personas con asuntos foráneos, instituciones de beneficencia, asambleas públicas, plataformas y oratoria de pulpito, ferias de fantasía, y toda clase de estratagemas para mantener su sistema en movimiento. Pero todo fracasará. La gente empieza a flaquear. Las masas perdieron interés en su predicación. Sus iglesias son frías, formales y letárgicas. Su “espiritualidad” ya pasó; y, a menos que el Señor venga a resucitar a los muertos, tanto los sacerdotes como el pueblo estarán fuera del ámbito de la cura.

Entonces, la sucesión apostólica, especialmente por medio de semejante conducto, no es más que una invención de la mente carnal. La única sucesión de la cual se puede formar una idea bíblica es seguir los pasos de la fe de los apóstoles; la cual nadie que entienda la palabra del reino afirmaría respecto a los guías eclesiásticos del pueblo. El poder y la autoridad de los apóstoles murieron con ellos. Aquellos suceden a la fe de ellos son sus sucesores sólo en este sentido.  La palabra de ellos, que es también la palabra del Señor, se extiende ricamente en toda sabiduría; y cuando se halla la palabra del Señor, allí, por la creencia en ella, él mora en el corazón de los hombres. Cuando ellos obran conforme a esta palabra, ellos y el Señor actúan juntos. Pero esto no es exclusivo de una clase ministerial, sino que es común a todo el pueblo de Dios, porque él no hace acepción de personas. Un sucesor de la fe de los apóstoles se deleita en sentir que es un seglar; que es uno más del rebaño, y de lo mejor de las ovejas que contiene, porque su sola ansiedad es conocer y obedecer la voz del gran pastor (Heb. 13:20; Juan 10:27). Él no es un lobo, ni un perro, que despedaza y devora al rebaño, y se viste con su lana; sino uno que sería el siervo del menor de todos, para ser exaltado a una imperecedera corona de gloria, cuando se manifieste el buen pastor para dar vida a todas sus ovejas para siempre jamás.

              

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